Casi cien años antes de que Buenos Aires existiera como ciudad, ya hubo un intento español de fundar una ciudad en esta costa patagónica. Corría el año 1535 cuando el capitán Simón de Alcazaba y Sotomayor desembarcó en Caleta Hornos, apenas 28 kilómetros al sur de lo que hoy es Camarones, y fundó allí el Puerto de los Leones: probablemente la primera fundación española en todo el actual territorio argentino, anterior incluso a la primera fundación de Buenos Aires por Pedro de Mendoza (1536). Es un dato que sorprende a cualquiera que visite este pueblo pequeño y tranquilo, ajeno hoy a los grandes relatos fundacionales del país: aquí estuvo, brevemente, el primer asentamiento español de la Argentina.
El sueño de Alcazaba duró poco. Los rigores del clima patagónico, la escasez de recursos y los conflictos internos entre los propios expedicionarios —incluido un motín que terminó con la vida del propio capitán— forzaron el abandono del asentamiento apenas unos meses después de fundado. La costa del golfo San Jorge quedó otra vez en manos de sus habitantes originarios, los tehuelches, cazadores-recolectores adaptados a la inmensidad patagónica que conocían el territorio desde mucho antes de que cualquier vela europea asomara en el horizonte.
El nombre 'Camarones' llegaría siglos después, y su origen es más sencillo de lo que muchos imaginan: antiguamente, en esta bahía protegida del golfo San Jorge, abundaba una especie distintiva de camarones que los navegantes de paso identificaron como rasgo del lugar. Esa misma bahía —resguardada del viento y las corrientes abiertas del Atlántico— sería, siglos más tarde, la razón por la que aquí y no en otro punto de la costa terminaría asentándose un pueblo de verdad.
Casi cuatro siglos después del fugaz Puerto de los Leones, la bahía de Camarones volvió a llamar la atención, esta vez para quedarse. Desde alrededor de 1890, navegantes y comerciantes empezaron a usar esta bahía natural, resguardada del viento y el oleaje abierto del Atlántico, como puerto para cargar y descargar lana, cueros y otros productos de las estancias del interior chubutense. La Patagonia vivía entonces el auge de la ganadería ovina: enormes extensiones de estepa se poblaron de majadas de ovejas, y toda esa lana necesitaba un punto de embarque hacia los mercados de ultramar.
El 10 de octubre de 1900 se ordenó formalmente el trazado urbano de Camarones, con un plano de 200 manzanas que marca la fecha que hoy se reconoce como la fundación oficial del pueblo. A partir de ahí, Camarones se consolidó rápidamente como un puerto lanero de peso regional: en 1909 se estableció allí la primera Sociedad Rural de la Patagonia, y la llamada 'lana tipo Camarones' llegó a ganar reconocimiento internacional por su calidad, cotizándose en los mercados laneros de Europa.
En torno a esa actividad portuaria se desarrolló el pueblo tal como se lo conoce hoy: casas bajas, comercio incipiente y una comunidad que combinaba la vida del puerto con la del campo, en uno de los rincones más australes y agrestes de la costa atlántica argentina. Con el correr de las décadas, los cambios en el transporte —el predominio de las rutas terrestres y de puertos de mayor calado, como Comodoro Rivadavia— hicieron que Camarones perdiera protagonismo como punto de exportación, pero nunca perdió su identidad costera, forjada al calor de aquellos años de bonanza lanera.
Camarones tiene un lugar singular en la memoria argentina por su vínculo con Juan Domingo Perón, una de las figuras más influyentes de la historia del país. Durante su infancia, la familia Perón se radicó en la Patagonia, en la zona de Camarones y sus alrededores, vinculada a la actividad rural de la región. El futuro presidente pasó allí parte de sus primeros años, en el entorno agreste y formativo de la estepa y la costa chubutenses.
Aquella experiencia patagónica temprana —el contacto con el campo, el caballo, la vida austera del sur— forma parte del relato de los orígenes de Perón, y Camarones la reivindica como parte de su identidad y su patrimonio histórico. Hoy se recuerda en el Museo de la Familia Perón, instalado en una casa ligada a la historia familiar. Para un pueblo pequeño y apartado de la costa patagónica, haber sido escenario de la infancia de quien luego sería tres veces presidente de la Nación es un motivo de orgullo y un atractivo más para el visitante interesado en la historia argentina.
Como tantas grandes tradiciones patagónicas, la Fiesta Nacional del Salmón de Camarones no nació de un plan turístico ni de una decisión oficial, sino de un grupo de amigos con ganas de compartir su pasión por la pesca. Corría 1981 cuando, para la Semana Santa de ese año, un grupo de pescadores y vecinos organizó en Caleta Sara —a unos 28 kilómetros de Camarones— la primera edición de lo que entonces era apenas un encuentro informal: una manera de destacar y celebrar el oficio de un pueblo pesquero, con cañas, botes y carpas armadas a la orilla del mar.
Durante los primeros años, hasta aproximadamente 1987, el festival se sostuvo en ese formato casero, con vecinos y visitantes que llegaban en sus propios vehículos, cargados de carpas, botes y equipos de pesca, para pasar el fin de semana compitiendo por la mejor captura. El boca en boca hizo el resto: la fiesta fue creciendo edición tras edición, hasta que en 1990 el gobierno nacional la reconoció oficialmente como Fiesta Nacional, sumando otro título a la creciente identidad pesquera del pueblo.
Hoy la Fiesta Nacional del Salmón —que en su edición de 2026 alcanzó su 43ª entrega bajo el lema 'Sé parte de la historia'— convoca a más de cincuenta embarcaciones que compiten durante jornadas de pesca de más de seis horas, buscando la captura más grande para llevarse el premio. Se celebra entre febrero y marzo, llena el pueblo de actividad, música y gastronomía de mar, y es, por lejos, el evento que más gente trae a este apartado rincón del golfo San Jorge en todo el año. Para Camarones, que pasó de ser un efímero fuerte español a un pujante puerto lanero y hoy es la puerta de una de las reservas de fauna marina más importantes del país, la fiesta es la prueba de que su vínculo con el mar nunca dejó de ser el corazón de su identidad.
A lo largo del siglo XX, los cambios en el transporte y la economía hicieron que Camarones perdiera su antiguo papel de puerto exportador de lana. El pueblo entró en una etapa más quieta, sostenido por la pesca, la ganadería ovina y la vida costera, conservando su escala pequeña y su carácter apartado. Lo que parecía una desventaja —su lejanía de los grandes circuitos— se transformó, con el tiempo, en su mayor virtud: una costa patagónica casi virgen, de gran riqueza natural.
El reconocimiento de ese valor llegó con la protección de su entorno. En 2008 se creó el Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral, la primera área protegida marino-costera de su tipo en la Argentina, gestionada en conjunto por la Administración de Parques Nacionales y la provincia del Chubut, que resguarda un tramo del golfo San Jorge con sus islas, islotes y colonias de aves marinas, lobos marinos y pingüinos. A ello se suma el Área Natural Protegida Cabo Dos Bahías, con su enorme pingüinera de pingüinos de Magallanes y su fauna de estepa.
Así, el viejo puerto lanero se reinventó como destino de turismo de naturaleza y conservación. Memoria histórica —la lana, el puerto, la infancia de Perón— y biodiversidad marina se combinan hoy en este apacible rincón del golfo San Jorge, que atrae a quienes buscan fauna, silencio y paisajes de mar fuera de los circuitos masivos.