Estos valles quietos, donde hoy el único apuro es esperar que se seque el pimiento al sol, fueron escenario de una de las resistencias indígenas más largas de América: más de cien años de guerras contra el imperio español. Mucho antes de eso, los Valles Calchaquíes -ese largo corredor de valles de altura que atraviesa Salta, Tucumán y Catamarca- estaban habitados por los pueblos diaguitas, agricultores y alfareros muy desarrollados que hablaban una lengua llamada kakán (o cacán) y formaban parte de la gran civilización andina. La zona de Cachi, al pie del Nevado, fue uno de los núcleos de esa ocupación, favorecida por los ríos, los suelos cultivables y un clima seco y soleado.
Los diaguitas de estos valles, a los que la historia conoce como calchaquíes, construyeron poblados de piedra, terrazas de cultivo (andenes), canales de riego y silos, y dejaron una rica cerámica. Alrededor de Cachi todavía se conservan extensos campos de ruinas como Las Pailas, La Aguada y los sitios de Cachi Adentro, con recintos circulares, corrales y caminos, muchos de ellos aún sin excavar. Hacia el siglo XV, el Imperio inca incorporó la región a su dominio y trazó caminos -como la huella sobre la que hoy corre la Recta del Tin Tin-, sumando una capa más a esta larga historia andina.
El origen del nombre 'Cachi' no es del todo seguro y existen varias explicaciones, que conviven hasta hoy. La más difundida es la del quechua, donde 'cachi' (kachi) significa 'sal': según esta versión, la nieve que cubre el cerro vecino recordaría el color de la sal, y de ahí vendría el nombre. Pero hay otras teorías que apuntan a la lengua local cacán o a idiomas vecinos.
Sea cual sea la correcta, todas las versiones reflejan el cruce de pueblos y lenguas que marcó estos valles: lo andino-quechua del Imperio inca, lo diaguita-calchaquí de los habitantes originarios y la influencia de los pueblos de la puna y el desierto atacameño. Ese mestizaje lingüístico y cultural sigue presente en los nombres de cerros, ríos y parajes de toda la región.
La llegada de los españoles a los valles no fue pacífica. Los pueblos calchaquíes opusieron una resistencia tenaz que se conoce como las guerras calchaquíes: una larga sucesión de enfrentamientos entre indígenas y conquistadores que se extendió, con interrupciones, entre 1560 y 1667, más de cien años de lucha. La primera gran rebelión (1560-1563) fue encabezada por el cacique Juan Calchaquí, y es en su honor que estos valles llevan el nombre de 'Calchaquíes'.
La resistencia recién terminó a mediados del siglo XVII, cuando la Corona aplastó la última gran rebelión y desarraigó a comunidades enteras, trasladándolas lejos de su tierra (la célebre 'desnaturalización'). Sobre ese territorio se consolidó el orden colonial: encomiendas, fincas y haciendas, y pequeños pueblos como Cachi, que fue tomando la fisonomía de aldea hispano-andina, con casas de adobe, calles de tierra y una iglesia como centro de la vida. De esa raíz colonial Cachi conserva todavía su trazado y su atmósfera, motivo por el cual fue declarado Lugar Histórico Nacional.
La tercera y última gran rebelión calchaquí (1656-1666), la más larga y sangrienta de todas, tuvo un protagonista insólito: Pedro Bohorquez, un aventurero español que se hizo pasar por descendiente de los incas y logró que buena parte de los pueblos del valle de Yocavil y zonas vecinas lo reconocieran como líder, con el título de 'Inca'. Bohorquez encabezó la resistencia armada contra la Corona durante años, en una guerra de guerrillas que desangró a ambos bandos por los estrechos valles y quebradas del actual Salta, Tucumán y Catamarca.
Cuando finalmente las fuerzas españolas lograron sofocar la rebelión, la decisión que tomaron las autoridades coloniales fue drástica y sin precedentes: la desnaturalización total de los pueblos del valle calchaquí, es decir, su desarraigo forzado y traslado a regiones lejanas de su tierra ancestral. El caso más recordado es el de los quilmes, trasladados a partir de 1666 hacia el sur de Buenos Aires, a la zona donde hoy se levanta la ciudad que lleva su nombre; se calcula que unas 11.000 personas fueron dispersadas por distintas regiones del país durante este proceso, muchas de ellas muriendo en el propio viaje forzado hacia Córdoba y más allá.
Otros grupos, como los yocaviles e ingamanas, fueron reubicados en zonas más cercanas, dentro de las actuales provincias de Catamarca y La Rioja. Fue el final de siglo y medio de resistencia indígena en los valles: con los pueblos originarios dispersados y debilitados, el territorio quedó abierto a la consolidación definitiva del orden colonial español, del que Cachi -con su trazado de aldea, su iglesia y sus fincas- es hoy un testimonio vivo y bien conservado.
El edificio más emblemático de Cachi es la Iglesia San José, levantada hacia la segunda mitad del siglo XVII y completada en el siglo XVIII, y declarada Monumento Histórico Nacional en 1945. Es un templo de una sola nave larga y angosta, de unos 35 metros, con gruesas paredes de adobe asentadas sobre cimientos de piedra del río y un campanario de espadaña que le da una silueta inconfundible.
Lo más característico es el uso de la madera de cardón, el cactus gigante de la región: con esa madera están hechos el techo, el altar mayor, el confesionario y la pila bautismal, en un ejemplo notable de cómo la arquitectura colonial se adaptó a los materiales del lugar. En el siglo XX, tras su declaración como monumento, la fachada fue reformulada con una inspiración neocolonial. Junto a la iglesia, sobre la plaza, está el Museo Arqueológico Pío Pablo Díaz, que reúne miles de piezas -cerámica, instrumentos y restos- que reconstruyen la vida de los pueblos del valle desde tiempos prehispánicos. Iglesia, museo y plaza forman el corazón patrimonial del pueblo.
Buena parte de la identidad paisajística de Cachi pasa por los cardones, esos cactus columnares gigantes que cubren las laderas y dieron nombre al Parque Nacional Los Cardones, creado para proteger ese ecosistema de altura. Por el parque corre la Recta del Tin Tin, un tramo recto de unos 15 kilómetros trazado sobre una antigua huella incaica, y de su madera se construyeron durante siglos los techos y muebles de las iglesias y casas de la región, como la propia San José.
Cachi es también un punto clave de la mítica Ruta 40. Hacia el sur, la RN 40 enhebra los pueblos calchaquíes -Seclantás, Molinos, Angastaco, San Carlos- hasta Cafayate; hacia el norte trepa por Payogasta hasta el Abra del Acay, a casi 4.900 metros, uno de los pasos más altos del mundo sobre una ruta nacional. Hoy Cachi vive sobre todo del turismo y de su producción agrícola -con el pimiento y el pimentón como íconos, secándose al sol en Cachi Adentro- y de los vinos de altura de los valles. Pueblo tranquilo, fotogénico y profundamente arraigado en su historia diaguita y colonial, es una de las paradas imprescindibles del norte argentino.