Pocos pueblos del mundo le deben su nombre a un lago que ya no existe: Barreal se llama así por el 'barreal', la gigantesca planicie de arcilla que dejó al secarse una laguna del Cuaternario, hoy pista natural de los carros a vela más veloces del país. El pueblo se asienta en el Valle de Calingasta, una franja de oasis encajonada entre la Cordillera de los Andes y la precordillera, en el oeste de la actual provincia de San Juan. La región estuvo habitada en tiempos prehispánicos por pueblos andinos, y fue además zona de influencia incaica, integrada a las rutas y al mundo cultural del Tahuantinsuyo que se extendía por la cordillera. Los antiguos habitantes aprovechaban el agua de deshielo de los ríos para cultivar en los oasis del valle, en medio de un entorno árido y montañoso.
Tras la conquista y colonización españolas, el valle se organizó en torno a la vida rural de oasis: el cultivo de la vid, los frutales y la agricultura de regadío, junto con la ganadería. La zona fue también, durante siglos, un área de paso hacia Chile a través de la cordillera y un territorio de tradición minera, dado el rico subsuelo de la región andina. Barreal surgió como uno de los poblados de este valle de oasis, ligado al campo, la vid y la montaña.
El propio nombre del pueblo proviene del 'barreal', es decir, de la gran planicie de arcilla seca cercana —la Pampa del Leoncito o Barreal Blanco—, un rasgo geográfico tan singular que terminó por dar identidad y nombre a la localidad. Ese paisaje extremo, entre el verde del oasis y el blanco de la pampa de arcilla, definió desde siempre el carácter del lugar.
Mucho antes de la llegada de los españoles, el Valle de Calingasta fue habitado por comunidades agrícolas de larga data. La llamada cultura de Ansilta, documentada en la zona del cordón homónimo, dejó testimonios de ocupación que se remontan a varios milenios: poblaciones que cultivaban en los oasis, criaban camélidos y desarrollaron una cerámica y un arte rupestre propios. Estos grupos aprovecharon el agua de deshielo de los ríos —entre ellos el de los Patos y el Castaño— para sostener la vida en un entorno árido de montaña.
Hacia el siglo XV, el avance del Imperio Inca (Tahuantinsuyo) alcanzó esta región andina. El valle quedó integrado a las rutas del Camino del Inca, con tambos o postas que servían de albergue y centro de control a lo largo de los caminos de altura; el topónimo Tamberías, cerca de Barreal, conserva justamente esa raíz quechua ('tambo', posta o albergue). La influencia incaica se sumó a las tradiciones locales, dejando una huella cultural que todavía hoy se rastrea en sitios arqueológicos, petroglifos y antiguas sendas del valle.
Esa profundidad histórica —miles de años de ocupación humana adaptada a la cordillera— es parte esencial de la identidad de Calingasta, aunque a menudo quede eclipsada por el atractivo paisajístico y deportivo del presente.
Durante la época colonial y el siglo XIX, el Valle de Calingasta se consolidó como corredor de paso hacia Chile a través de los pasos cordilleranos. Por estos caminos circulaba el comercio y, sobre todo, el arreo de ganado: miles de cabezas de vacunos eran trasladadas desde las provincias argentinas hacia los mercados chilenos, atravesando la cordillera por huellas de altura. Barreal y los demás oasis del valle funcionaban como puntos de descanso y aprovisionamiento en esas largas travesías.
La región también estuvo ligada a la gesta sanmartiniana: durante la organización del Ejército de los Andes, San Juan y sus valles aportaron recursos, hombres y mulas, y algunas de las columnas que cruzaron a Chile en 1817 utilizaron pasos del norte de la provincia. La tradición minera —oro, cobre y otros minerales del rico subsuelo andino— acompañó la vida económica del valle a lo largo de los siglos, dejando antiguas explotaciones y leyendas de cerros.
Con la consolidación del Estado provincial y nacional, Calingasta y Barreal mantuvieron su perfil rural de oasis, ligado a la vid, los frutales, la ganadería y la minería, en relativa quietud y aislamiento por las distancias y los caminos de montaña, hasta que el siglo XX abrió la puerta a su reinvención turística.
Con el tiempo, las características excepcionales del entorno de Barreal transformaron al pueblo en un destino de turismo de naturaleza, aventura y astronomía. El Barreal Blanco, esa enorme planicie de arcilla lisa y firme barrida por el viento, se convirtió en el escenario perfecto para el carrovelismo —la práctica de deslizarse en carros a vela—, una actividad poco común que dio fama internacional al lugar y atrajo a deportistas y curiosos.
Un segundo factor decisivo fue la calidad de los cielos. La extraordinaria limpidez y oscuridad del firmamento en la zona llevaron a la instalación de importantes complejos astronómicos en el área de El Leoncito: el CASLEO (Complejo Astronómico El Leoncito) y la estación astronómica vinculada al observatorio Cesco. La posterior creación del Parque Nacional El Leoncito protegió tanto la naturaleza de la precordillera como esos cielos prístinos, consolidando a Barreal como uno de los grandes destinos de astronomía del país.
A estos atractivos se sumaron las actividades de aventura —rafting en el río de los Patos, trekking, cabalgatas y travesías de montaña— y el encanto de un pueblo sereno, de álamos y viñas, en medio de un paisaje cordillerano imponente. Así, Barreal pasó de ser un tranquilo oasis agrícola del Valle de Calingasta a un destino que combina naturaleza extrema, deporte, ciencia y descanso, sin perder su autenticidad de pueblo de montaña.
La historia del carrovelismo en Barreal tiene una fecha y un protagonista bastante precisos. Corría 1973 cuando el piloto belga Johan Byttebier, radicado en Argentina, sobrevoló la región de Calingasta y descubrió desde el aire algo que hasta entonces solo conocían los baqueanos del valle: una planicie de arcilla blanquecina, de unos 14 kilómetros de largo por 4 de ancho, perfectamente lisa, remanente de un antiguo sistema lacustre del período Cuaternario. Para un aviador y entusiasta de los deportes a vela, aquello no era un simple salar más: era, ni más ni menos, una pista natural ideal para deslizarse con vehículos impulsados por el viento.
Junto a Byttebier, otros pioneros sanjuaninos —Jaime 'Gringo' De Lara (más tarde rostro visible de campeonatos con auspicio de marcas de cigarrillos en los años 80), Rogelio Toro y Roberto Ballesteros— empezaron a explorar las posibilidades deportivas de la pampa. Hacia 1975 ya se organizaban las primeras competencias de carrovelismo en el Barreal Blanco, marcando el nacimiento de una disciplina que, con el correr de las décadas, pondría a este rincón remoto de San Juan en el radar de pilotos y curiosos de todo el mundo.
El desarrollo tecnológico de los carros a vela —cascos aerodinámicos, velas de mayor eficiencia— permitió ir empujando los límites de velocidad: hoy se han registrado marcas de hasta 186 km/h sobre tierra en superficies como esta (y hasta 270 km/h en carrovelismo sobre hielo, en otras latitudes), gracias a que el diseño de las velas permite triplicar la velocidad del viento que las impulsa. Lo que empezó como el hallazgo casual de un aviador belga es hoy una de las señas de identidad más reconocibles de Barreal, un deporte que atrae competidores internacionales y que convive, en el mismo paisaje, con los observatorios que miran hacia el cielo más limpio de la Argentina.