Cada marzo, cuando las piñas de las araucarias terminan de madurar en las laderas que rodean Aluminé, una familia pehuenche de tres adultos puede juntar entre 65 y 85 kilos de piñones por día, hasta acumular unos 2.500 kilos en la temporada. No es una anécdota folclórica: durante siglos, esa cosecha marcó el calendario social completo de las comunidades de la zona y decidía si el invierno se pasaba con hambre o con la despensa llena. El fruto de la araucaria, el piñón, era ni más ni menos que la base de la supervivencia en la cordillera neuquina, y esa dependencia absoluta explica por qué el árbol se volvió sagrado.
La región de Aluminé es, ante todo, tierra del pehuén: la araucaria, ese árbol majestuoso y longevo de tronco recto y copa en forma de paraguas que define el paisaje del centro-oeste de la provincia de Neuquén. En la cosmovisión de los pueblos originarios de la zona, el pehuén fue creado por Ngünechen, la deidad principal del panteón mapuche, específicamente para alimentar a sus hijos. Esa relación de dependencia y gratitud se sigue renovando cada año en el nguillatún, la ceremonia más importante del pueblo mapuche-pehuenche, donde se agradece por los piñones y por todo lo que da la tierra.
De esa relación nació el nombre de los pehuenches ('gente del pehuén'), las comunidades que habitaban estos bosques y montañas y que organizaban buena parte de su vida en torno a la recolección del piñón, considerada hasta hoy una de las actividades más importantes del calendario social anual. Con el tiempo, los pehuenches se integraron al complejo mundo mapuche, manteniendo no obstante su fuerte vínculo identitario con la araucaria. Esa raíz cultural sigue viva hoy en las comunidades de la región.
La toponimia de la zona —Aluminé, Quillén, Ñorquinco, Moquehue— refleja esa herencia originaria. Comprender Aluminé y su entorno implica reconocer que se trata de un territorio profundamente mapuche-pehuenche, donde el bosque de araucarias no es solo un atractivo natural, sino el corazón de una cultura milenaria que aún late en sus celebraciones, su gastronomía y su modo de vida.
Hasta fines del siglo XIX, el territorio del actual Aluminé permaneció bajo control de las comunidades mapuches-pehuenches, al margen del Estado argentino. Esa situación cambió con la llamada Conquista del Desierto (1878-1885), la campaña militar que el ejército argentino, al mando de Julio A. Roca, llevó adelante para someter a los pueblos originarios e incorporar la Patagonia al territorio nacional. Las comunidades de la cordillera neuquina sufrieron desplazamientos, muertes y la pérdida de buena parte de sus tierras ancestrales.
Los primeros pobladores de la zona específica de Aluminé, ya en el nuevo contexto posterior a la campaña militar, se establecieron recién en 1904. Entre ellos se destaca la figura del holandés Cristian Joubert, que se radicó junto a su familia en el paraje Maipén, muy cerca de la localidad actual, y que suele ser recordado como uno de los pioneros no originarios de la zona. Con el correr de los años se fue pidiendo la reserva de tierras fiscales para asentar un pueblo formal a orillas del río.
La fecha fundacional que Aluminé celebra hoy es el 20 de octubre de 1915, cuando un decreto del Poder Ejecutivo (Decreto Nº 0664) designó a la incipiente localidad como cabecera del departamento homónimo, consolidando su rol administrativo dentro del entonces Territorio Nacional del Neuquén. El crecimiento fue lento en las décadas siguientes: recién en 1928 abrió sus puertas la primera escuela del pueblo, el 26 de junio de ese año, la que con el tiempo se conocería como Escuela Nº 52, embrión de los servicios públicos que fue ganando la localidad.
Una vez consolidado el poblado, el Estado fue estableciendo caminos y sumando pobladores criollos y de origen europeo, dedicados a la ganadería ovina y caprina y a la explotación forestal. El paraje fue creciendo en torno al río Aluminé y a las rutas que conectaban con Zapala y la cordillera. Sobre el propio nombre de la localidad hay dos hipótesis principales: una lo deriva de las voces mapuches 'alum' (reluciente) y 'mine' o 'minu' (hoya), aludiendo a una hoya o depresión brillante; otra lo asocia más directamente al propio río que atraviesa el valle. A diferencia de otros pueblos patagónicos surgidos al calor del ferrocarril, Aluminé creció ligado a la vida rural y a la frontera con Chile, en una zona de inviernos duros y comunicaciones difíciles. Esa relativa lejanía preservó tanto sus paisajes como la presencia de las comunidades originarias, que nunca desaparecieron del territorio.
El pueblo de Aluminé se fue consolidando a lo largo del siglo XX en torno al río homónimo, en una zona que, tras la incorporación de la Patagonia al Estado argentino, quedó ligada a la vida rural, la ganadería trashumante y la actividad forestal. Su ubicación apartada, entre montañas, bosques y lagos, mantuvo a la localidad relativamente al margen de los grandes circuitos turísticos durante mucho tiempo, conservando un carácter tranquilo y auténtico. Mientras Bariloche y San Martín de los Andes se convertían en marcas internacionales, Aluminé seguía siendo un secreto de pescadores, crianceros y viajeros curiosos.
Con el desarrollo del turismo de naturaleza y de aventura, Aluminé encontró en su río un recurso excepcional. El río Aluminé, de aguas correntosas y cristalinas alimentadas por el deshielo cordillerano, resultó ideal para el rafting y el kayak, con tramos que van del grado II familiar al grado IV para expertos. El reconocimiento internacional llegó en la década de 2010: la Federación Internacional de Rafting (IRF) eligió sus rápidos para el Pre-Mundial de 2017 y, en noviembre de 2018, Aluminé y Villa Pehuenia fueron sede del Campeonato Mundial de Rafting, que reunió a equipos de decenas de países en el circuito del Aluminé Superior. Para un pueblo de pocos miles de habitantes, organizar un mundial fue un antes y un después: puso su nombre en el mapa deportivo global y consolidó una identidad que la Legislatura de Neuquén formalizó al declararlo capital provincial del deporte y el turismo en aguas blancas mediante la Ley 3457.
Hoy, Aluminé combina su tradicional perfil rural y su honda raíz mapuche-pehuenche con un turismo de naturaleza en crecimiento: rafting y kayak de octubre a abril, pesca con mosca de nivel internacional, trekking, los lagos del norte del Parque Nacional Lanín y los bosques de araucaria camino a Villa Pehuenia. Cada otoño, la Fiesta del Pehuén —con jineteadas, artesanos y la celebración de la cosecha del piñón— recuerda que, antes que destino de aventura, esta fue y sigue siendo la tierra de la gente del pehuén. Esa mezcla de adrenalina, cultura originaria y paisajes poco masificados constituye el principal atractivo de la región.
Buena parte del entorno de Aluminé forma parte del Parque Nacional Lanín, creado en 1937 para proteger uno de los conjuntos de bosque andino-patagónico más valiosos del país, incluido el imponente volcán Lanín y los extensos bosques de araucaria y coihue. El sector norte del parque —los lagos Quillén, Ñorquinco, Rucachoroi y Hui Hui— se encuentra a poca distancia de Aluminé y constituye su principal patrimonio natural.
La protección de la Araucaria araucana ha sido una de las grandes preocupaciones de conservación de la región. Declarada Monumento Natural Nacional en Argentina, la especie está amenazada por incendios, tala histórica y, más recientemente, por un hongo que afecta a los ejemplares adultos. Su crecimiento lentísimo y su enorme longevidad la convierten en un símbolo de la fragilidad de estos ecosistemas.
En las últimas décadas, la gestión del parque ha avanzado hacia un modelo de co-manejo con las comunidades mapuches que habitan dentro de sus límites, reconociendo sus derechos territoriales y su rol en el cuidado del bosque. Así, la historia natural y la historia humana de Aluminé vuelven a entrelazarse: el pehuén que alimentó a los pehuenches es hoy, a la vez, especie protegida, emblema turístico y eje de la identidad de toda la región.