Hay una pregunta que se repite cada verano en los campamentos de altura del Aconcagua: ¿por qué una montaña que no exige escalar hielo ni roca vertical mata, en promedio, a más de un andinista por temporada? La respuesta está en la escala descomunal del coloso: casi siete mil metros de piedra y viento donde el cuerpo humano deja de funcionar como en el llano. No es una exageración de guía turística: el Aconcagua es, sencillamente, la montaña más alta de América, la más alta de todo el hemisferio occidental y del hemisferio sur, y una de las célebres 'Siete Cumbres' que reúne a la cima más elevada de cada continente, codeándose con el Everest, el Denali y el Kilimanjaro en el imaginario de cualquier andinista.
El Aconcagua se alza en el oeste de la provincia de Mendoza, a metros del límite con Chile, dentro de un parque provincial de más de 65.000 hectáreas cuyas altitudes van desde los 2.800 metros del acceso en Horcones hasta la cumbre, a unos 6.961 metros. Es el punto culminante de toda la cordillera de los Andes, la cadena montañosa más larga del planeta, y su masa es tan descomunal que genera un microclima propio: vientos que superan los 200 km/h en la zona de cumbre, tormentas de nieve que aparecen en minutos sobre un cielo despejado, y ese fenómeno temido por los andinistas que llaman 'viento blanco'.
El origen del nombre 'Aconcagua' sigue siendo, a esta altura, casi tan enigmático como la montaña misma. Las hipótesis más difundidas lo vinculan a lenguas originarias: algunas lo derivan del quechua 'Ackon Cahuak' ('centinela de piedra'), otras del aimara o de voces del pueblo huarpe, los antiguos habitantes de la región cuyana, con significados que oscilan entre 'gran montaña vigía' y otras variantes ligadas a la idea de un guardián pétreo sobre el valle. No hay una única explicación aceptada por los lingüistas, y ese misterio alimenta buena parte del aura mítica que rodea al coloso desde hace siglos, mucho antes de que ningún europeo pusiera un pie en sus faldas.
Durante milenios, el Aconcagua fue un coloso intacto, contemplado de lejos por los pueblos originarios de Cuyo y, siglos más tarde, por los viajeros que cruzaban la cordillera. Ya en 1818 la zona había cobrado un valor histórico enorme: fue el corredor por el que el general José de San Martín hizo pasar parte de su Ejército de los Andes rumbo a Chile, en la campaña libertadora que cambiaría el mapa político de Sudamérica. Pero la cima misma del Aconcagua seguía intacta, un desafío que nadie había siquiera intentado en serio.
La conquista de la cumbre llegó recién a fines del siglo XIX, cuando la alta montaña era todavía un territorio casi desconocido para la ciencia y el deporte. El científico alemán Paul Güssfeldt había intentado alcanzar la cima desde el lado chileno en 1883, llegando a superar los 6.500 metros antes de rendirse ante el clima, convencido de que ese acceso era más corto. Su intento, aunque fallido, sirvió de antecedente y de advertencia sobre la dureza real de la montaña.
Fue una expedición científico-deportiva liderada por el explorador británico Edward FitzGerald la que finalmente concretó el primer ascenso registrado. FitzGerald zarpó de Southampton el 15 de octubre de 1896 a bordo del vapor Thames, rumbo a Buenos Aires, con todo su equipo, un grupo de guías —en su mayoría suizos— y el topógrafo Stuart Vines como asistente principal. Ya en Mendoza, la expedición estableció un campamento base a unos 4.250 metros en el valle de Horcones y encaró, a lo largo de casi seis semanas, hasta cinco intentos de cumbre. El propio FitzGerald acompañó varias de esas tentativas, pero las náuseas y el agotamiento lo vencían siempre cerca de los 6.000 metros, un límite que la falta de oxígeno volvía casi infranqueable para buena parte del grupo.
El 14 de enero de 1897, el guía suizo Matthias Zurbriggen —contratado como el andinista más experimentado de la expedición— alcanzó en completa soledad la cumbre del Aconcagua, convirtiéndose en la primera persona registrada en pisarla, por la ruta que hoy se conoce como vía normal. Un mes después, el 13 de febrero de 1897, una segunda cordada integrada por el propio Stuart Vines y el guía italiano Nicola Lanti repitió la hazaña; meses más tarde, ya en abril, Vines y Zurbriggen volvieron a coincidir en una nueva cumbre conjunta, cerrando una temporada extraordinaria para la época. Así nació la leyenda andinística del coloso, apenas unos años antes de que el nuevo siglo convirtiera al Aconcagua en uno de los grandes objetivos del montañismo mundial.
La ruta abierta por Zurbriggen se convirtió en la 'vía normal', el camino clásico que la mayoría de los andinistas sigue para intentar la cumbre, pese a su nombre transcurre por la cara noroeste del cerro. No es una escalada técnica —no exige grandes destrezas de roca o hielo—, pero la altura extrema, el frío, el viento y el famoso 'viento blanco' la hacen una empresa muy exigente, donde el verdadero enemigo es la falta de oxígeno y el mal de altura, capaz de tumbar a andinistas entrenados que subestiman la aclimatación.
Los hitos de la vía normal forman parte del imaginario de la montaña: el campo base de Plaza de Mulas (alrededor de 4.300 m), uno de los campamentos de altura más grandes del mundo, donde en plena temporada conviven cientos de carpas de expediciones de todos los continentes; luego Plaza Canadá (~5.050 m), la Piedra de 5.000, el Nido de Cóndores (~5.250 m), un amplio rellano de roca que ofrece una de las vistas más extensas de toda la cordillera; más arriba, Berlín (~5.800 m), con sus históricos refugios de montaña, hoy en parte reemplazados por estructuras más modernas; y después Piedras Blancas, Piedras Negras e Independencia, el hito que evoca la fecha patria y que durante décadas fue el último refugio antes del tramo final. La parte más dura llega con el Portezuelo de los Vientos, la Gran Travesía y La Canaleta, un canal de roca suelta y pendiente pronunciada que agota incluso a los andinistas más entrenados, antes de desembocar en la cumbre.
Cada uno de esos nombres es una estación en la lenta marcha de aclimatación que puede llevar dos semanas o más: subir, dormir en altura, bajar a recuperar oxígeno y volver a subir, en el ciclo que el cuerpo necesita para fabricar glóbulos rojos extra y tolerar el aire enrarecido. Desde la hazaña de Zurbriggen hasta hoy, miles de expediciones repitieron ese recorrido, y con los años se sumaron variantes como la ruta del Glaciar de los Polacos (por el este) o el exigente Circuito 360°, que rodea la montaña completa por el valle de las Vacas antes de unirse a la vía normal para el ascenso final. Pero la ruta de Zurbriggen sigue siendo, casi ciento treinta años después, el camino que elige la enorme mayoría de quienes sueñan con pisar el techo de América.
Con el correr del siglo XX y el crecimiento explosivo del montañismo internacional, la provincia de Mendoza dio un paso clave: en 1983, mediante el Decreto-Ley Provincial N.º 4807, se creó formalmente el Parque Provincial Aconcagua, con una superficie de unas 71.000 hectáreas en el departamento de Las Heras, a unos 190 kilómetros de la ciudad de Mendoza. El objetivo fue doble: proteger un ecosistema de alta montaña frágil —con especies como el guanaco, el cóndor andino y una flora adaptada a condiciones extremas— y, a la vez, ordenar el aluvión creciente de expediciones que llegaban de todo el mundo atraídas por la fama de la montaña.
Desde entonces, el parque cuenta con un cuerpo de guardaparques permanente, encargado del control, la vigilancia y —cuando hace falta— de frenar a quienes intentan saltarse las normas de seguridad, incluso con la aplicación de multas severas. Se estableció un sistema de permisos oficiales diferenciados por tipo de actividad (trekking diario, trekking corto, trekking largo y ascenso), controles médicos obligatorios en los puestos de ingreso y en los campamentos de altura, una temporada estival habilitada (en general de noviembre a abril) y la exigencia de un seguro especial de evacuación y asistencia médica para quienes van más allá del trekking corto. Estas normas, revisadas y actualizadas cada año, buscan reducir los accidentes en una montaña donde el clima cambia en minutos y donde, pese a todos los avances, cada temporada se registran rescates y, lamentablemente, también muertes.
Hoy, cada verano, miles de andinistas de todo el mundo llegan al Aconcagua para intentar el coloso —guiados en su gran mayoría por empresas de expediciones habilitadas que conocen el terreno, el clima y los protocolos de seguridad—, mientras muchos otros visitantes, sin experiencia de montaña, se acercan solo a contemplarlo desde el mirador de Horcones, en una excursión de día completo desde Mendoza que no exige más que ganas de caminar un par de horas a casi 3.000 metros. La montaña que durante milenios nadie había pisado, y que recién en 1897 rindió su cumbre ante la testarudez de un guía suizo, se transformó en uno de los grandes destinos del montañismo planetario: símbolo de los Andes, orgullo de Mendoza y, todavía hoy, un desafío mayúsculo que exige el mismo respeto que le tuvieron Zurbriggen y sus compañeros hace más de un siglo.