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Historia de Rothenburg ob der Tauber

De fortaleza a ciudad libre imperial

Rothenburg se alza sobre una meseta rocosa en un recodo del río Tauber, un emplazamiento que la naturaleza dibujó para la defensa: protegida por el valle en tres de sus lados, solo necesitaba muralla en el resto. Su nombre lo dice todo: 'Rothenburg' significa algo así como 'castillo rojo', por la piedra rojiza de la primitiva fortaleza, y 'ob der Tauber' quiere decir 'sobre el Tauber', para distinguirla de otras Rothenburg de Alemania.

Los orígenes están en una fortaleza de los condes de Comburg-Rothenburg en el siglo XII, que pasó luego a la poderosa dinastía de los Hohenstaufen. Alrededor del castillo fue creciendo un burgo de comerciantes y artesanos. En 1274, el rey Rodolfo I de Habsburgo concedió a Rothenburg el rango de ciudad libre imperial (Freie Reichsstadt): es decir, quedaba sometida únicamente al emperador, sin señor feudal intermedio, con derecho a gobernarse a sí misma, administrar justicia, acuñar y comerciar. Era el estatus más codiciado de la época.

Aquella autonomía, unida a su posición en las rutas comerciales, hizo prosperar a Rothenburg. En la Baja Edad Media llegó a ser una de las ciudades más grandes del Sacro Imperio, con cerca de 5.000 a 6.000 habitantes, un número enorme para la época. Su mayor esplendor lo vivió en el siglo XIV bajo el alcalde Heinrich Toppler, un político y financiero astuto que amplió el territorio de la ciudad y levantó buena parte de las murallas y edificios que todavía hoy se conservan. La antigua fortaleza original, en cambio, quedó destruida por un terremoto en 1356, y en su solar está hoy el jardín del castillo (Burggarten).

La Guerra de los Treinta Años y la leyenda del Meistertrunk

El destino de Rothenburg cambió para siempre con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el devastador conflicto religioso y político que asoló Alemania. Rothenburg, que se había hecho protestante en la Reforma, se encontró en el bando perdedor en un momento crítico. En octubre de 1631, el ejército de la Liga Católica, comandado por el general Johann Tserclaes, conde de Tilly, se presentó ante sus muros. Tilly quería acuartelar a sus 40.000 soldados en la ciudad; Rothenburg se negó e intentó resistir el asedio, pero sus fuerzas eran ridículas frente al ejército imperial y la ciudad cayó en pocos días.

De aquel momento nació la leyenda más famosa de la ciudad: el Meistertrunk ('el trago maestro'). Según la tradición, un Tilly furioso condenó a muerte a los concejales y amenazó con arrasar la ciudad. Entonces le ofrecieron, como gesto de hospitalidad, una enorme jarra con más de tres litros de vino. Tilly, entre burlón y magnánimo, habría prometido perdonar a la ciudad si alguno de los presentes era capaz de vaciar la jarra de un solo trago. El anciano exalcalde Georg Nusch aceptó el desafío y se bebió los más de tres litros de una vez, salvando a Rothenburg.

Conviene contarlo como lo que es: una leyenda, no un hecho histórico. El episodio del Meistertrunk no aparece en ninguna crónica de la época del asedio, y los historiadores coinciden en que apareció recién a comienzos del siglo XIX, en una historia romántica de la ciudad. La razón real por la que Tilly no destruyó Rothenburg fue, casi con seguridad, mucho más prosaica: una fuerte suma de dinero que le pagó el consejo municipal. Aun así, la leyenda arraigó tanto que hoy se recrea en el reloj mecánico de la plaza del Mercado y en un festival histórico anual.

Lo cierto es que la guerra dejó a Rothenburg arruinada. Tras el paso de las tropas, y con un brote de peste bubónica en 1634 que mató a buena parte de la población, la ciudad quedó pobre y despoblada. Sin dinero ni poder, dejó de crecer y de construir.

La ciudad congelada y el redescubrimiento romántico

Aquella ruina económica tuvo una consecuencia inesperada y afortunada: al detenerse el crecimiento, Rothenburg quedó literalmente congelada en su estado del siglo XVII. Mientras otras ciudades alemanas derribaban sus murallas medievales para expandirse, modernizarse o dar paso al ferrocarril y a la industria, Rothenburg no tenía dinero para nada de eso. Sus murallas, sus torres, sus casas de entramado y su trazado medieval sobrevivieron casi intactos simplemente porque nadie pudo permitirse cambiarlos. La pobreza fue, paradójicamente, su gran conservadora.

En 1803, con la reorganización napoleónica del mapa alemán, Rothenburg perdió su condición de ciudad libre imperial y fue incorporada al reino de Baviera, del que forma parte desde entonces. Se convirtió en una pequeña y tranquila ciudad de provincia, olvidada del mundo.

El olvido terminó en el siglo XIX, cuando el movimiento romántico redescubrió Rothenburg. Pintores, dibujantes y escritores, fascinados por la Edad Media y por lo 'auténticamente alemán', llegaron atraídos por esa ciudad medieval perfectamente conservada, tan rara en una Europa que se industrializaba a toda velocidad. Artistas ingleses, franceses y alemanes la retrataron una y otra vez; sus imágenes circularon por toda Europa y crearon el mito de Rothenburg como la ciudad medieval alemana por excelencia. La llegada del ferrocarril a finales de siglo (con esa pequeña línea que aún hoy obliga a transbordar en Steinach) trajo a los primeros turistas. Nacía la Rothenburg de postal, una de las primeras ciudades de Europa protegidas conscientemente por su valor histórico: ya a finales del siglo XIX se dictaron normas para conservar el aspecto medieval del casco antiguo.

El nazismo y el uso propagandístico de Rothenburg

El mito de Rothenburg como 'la ciudad alemana más alemana' tuvo un capítulo oscuro e incómodo que conviene contar con honestidad. Durante los años treinta, el régimen nazi se apropió de esa imagen y convirtió a Rothenburg en un símbolo propagandístico de su ideología. La ciudad encajaba a la perfección con la idea nazi de la 'patria' (Heimat) y del pueblo alemán idealizado: una ciudad medieval, homogénea, sin marcas de la modernidad, presentada como la esencia pura de lo germano.

La organización de ocio del régimen, la 'Kraft durch Freude' ('Fuerza a través de la Alegría'), organizaba excursiones masivas a Rothenburg para trabajadores de todo el país, que debían admirar en ella el modelo de la ciudad alemana ideal. Nazis de dentro y fuera del país la visitaban como una especie de santuario de la germanidad, y aparecía con frecuencia en la propaganda del régimen.

Ese relato de pureza tuvo su cara criminal. En octubre de 1938, poco antes de la Noche de los Cristales Rotos, Rothenburg expulsó a su comunidad judía, con la aprobación de los nazis y de sus simpatizantes en toda Alemania. La pequeña población judía de la ciudad, que tenía allí raíces de siglos, fue obligada a marcharse; el 'orgullo' nazi por una Rothenburg supuestamente intacta y homogénea se construyó, en parte, sobre esa expulsión. Recordar esto no le quita belleza a la ciudad, pero forma parte de su historia y merece contarse sin adornos: el encanto medieval fue instrumentalizado por un régimen genocida.

El bombardeo de 1945, la reconstrucción y el presente

La Segunda Guerra Mundial alcanzó a Rothenburg en sus últimas semanas. Al contrario de lo que muchos visitantes suponen, la ciudad no salió intacta de la guerra: el 31 de marzo de 1945, una formación de bombarderos estadounidenses atacó Rothenburg, donde había soldados alemanes atrincherados. Las bombas mataron a decenas de personas y destruyeron alrededor del 40% del casco histórico: cientos de casas, varios edificios públicos, torres de vigilancia y largos tramos de la muralla quedaron en ruinas. La ciudad medieval que había sobrevivido milagrosamente durante siglos ardía en llamas.

Lo que vino después fue notable. El subsecretario de Guerra estadounidense John J. McCloy conocía y apreciaba el valor histórico de Rothenburg —su propia madre la había visitado a comienzos de siglo y le había hablado de su belleza—, y ordenó al general Jacob Devers que no empleara artillería pesada para tomarla. Los mandos alemanes locales, desobedeciendo la orden de resistir hasta el final, entregaron la ciudad, que se rindió sin más destrucción. Las tropas estadounidenses ocuparon Rothenburg el 17 de abril de 1945. En 1948, McCloy fue nombrado ciudadano de honor de la ciudad.

La reconstrucción fue una obra colectiva e internacional. Rothenburg se levantó de nuevo respetando fielmente su aspecto medieval, y para financiarlo llegaron donaciones de personas e instituciones de todo el mundo, conmovidas por la idea de perder una joya así. En los tramos reconstruidos de la muralla, cientos de ladrillos y placas conmemorativas llevan grabado el nombre de los donantes —de Alemania, Estados Unidos, Japón y muchos otros países— que pagaron cada metro. Caminar hoy por el adarve leyendo esos nombres es una lección viva de historia y de solidaridad.

Hoy Rothenburg ob der Tauber es una de las ciudades más visitadas de Alemania y una parada estelar de la Ruta Romántica. Su casco histórico, mezcla de conservación milagrosa y reconstrucción cuidadosa, sigue transportando a otra época. Detrás de la postal perfecta hay una historia densa: el esplendor de la ciudad libre, la ruina de las guerras, el mito romántico, el abuso propagandístico y la destrucción y renacimiento del siglo XX. Conocerla entera es lo que hace que la visita valga de verdad la pena.

📚 Bibliografía

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