Potsdam aparece por primera vez en los documentos en el año 993, cuando el emperador Otón III donó un lugar llamado 'Poztupimi' al monasterio de Quedlinburg. Aquel nombre, de origen eslavo, hace referencia a un asentamiento bajo un roble o 'bajo los robles', y delata el poblamiento original de la zona: antes de la colonización germánica, la región del Havel estaba habitada por tribus eslavas, como los hevelos, que vivían de la pesca, la caza y la agricultura en una tierra de ríos, lagos y bosques.
La posición de Potsdam, en una isla y en un cruce de vías de agua del Havel, le dio desde el principio cierto valor estratégico, pero durante toda la Edad Media siguió siendo un lugar pequeño y secundario, a la sombra de ciudades mayores de la Marca de Brandeburgo. Recibió derechos de ciudad en algún momento del periodo medieval, pero su población era reducida y su importancia, modesta.
Durante siglos, Potsdam fue poco más que una pequeña localidad mercantil y de pescadores. Nada en aquellos primeros tiempos hacía presagiar que llegaría a convertirse en una de las residencias reales más espléndidas de Europa. Ese destino solo se cumpliría cuando una dinastía poderosa —los Hohenzollern, electores de Brandeburgo y futuros reyes de Prusia— pusiera sus ojos en esta apacible villa junto al agua.
El gran giro en la historia de Potsdam se produjo en el siglo XVII, cuando los electores de Brandeburgo, de la casa Hohenzollern, decidieron convertirla en una de sus residencias. El impulsor decisivo fue Federico Guillermo, el llamado 'Gran Elector', que tras los estragos de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) emprendió la reconstrucción y el engrandecimiento de sus dominios. Hizo de Potsdam una residencia y una guarnición, mandó construir un palacio en la ciudad y empezó a transformarla en un centro de poder.
El Gran Elector es también célebre por su política de tolerancia religiosa, que tendría consecuencias duraderas para Potsdam. En 1685 promulgó el Edicto de Potsdam, por el que ofrecía refugio en sus tierras a los hugonotes franceses (protestantes) que huían de la persecución en la Francia católica. Miles de ellos se asentaron en Brandeburgo y Potsdam, aportando oficios, comercio, agricultura y cultura. A lo largo de los siglos, la ciudad acogería a distintas comunidades —francesas, holandesas, rusas, bohemias—, lo que le dio un carácter cosmopolita poco habitual para su tamaño.
Con la coronación de Federico I como primer rey 'en' Prusia en 1701, Potsdam pasó a ser residencia real. Pero fue su sucesor, Federico Guillermo I —el 'rey sargento', obsesionado con el ejército—, quien marcó profundamente la ciudad, convirtiéndola en una gran guarnición militar y mandando construir buena parte de su trazado, además del famoso Barrio Holandés para atraer artesanos. Potsdam se preparaba, sin saberlo, para su siglo de oro.
El esplendor de Potsdam llegó con Federico II 'el Grande' (rey de Prusia de 1740 a 1786), una de las figuras más fascinantes de la historia europea: rey guerrero y a la vez filósofo ilustrado, amante de la música, la arquitectura y las artes, amigo y luego adversario epistolar de Voltaire. Federico eligió Potsdam como su residencia favorita y la convirtió en el escenario de su visión personal de la realeza ilustrada.
Su obra más querida fue el palacio de Sanssouci, construido entre 1745 y 1747 según un diseño en el que el propio rey intervino. Lo concibió no como un palacio de aparato, sino como una villa íntima donde retirarse 'sin preocupaciones' ('sans souci'), tocar la flauta, leer y conversar con espíritus afines. El palacio, joya del rococó, se levanta sobre seis terrazas escalonadas con viñedos, en lo que es una de las imágenes más célebres de Alemania. Años después, tras la agotadora Guerra de los Siete Años, Federico mandó construir el monumental Neues Palais (Palacio Nuevo) en el extremo del mismo parque, como muestra del poder y la vitalidad de Prusia.
Bajo Federico, Potsdam se llenó de palacios, jardines, iglesias y edificios públicos, y adoptó un aire refinado y cosmopolita. La ciudad se convirtió en sinónimo de la cultura prusiana ilustrada y militar a la vez. Esa doble identidad —el refinamiento de Sanssouci y la disciplina de la guarnición— marcaría la imagen de Potsdam durante mucho tiempo. Sus sucesores, en especial Federico Guillermo IV en el siglo XIX, ampliaron el conjunto con nuevos palacios y jardines de inspiración italiana, completando uno de los paisajes culturales más extraordinarios de Europa.
A lo largo del siglo XIX, Potsdam mantuvo y reforzó su papel como residencia de los reyes de Prusia y, desde 1871, de los emperadores alemanes. Tras la unificación de Alemania bajo el liderazgo prusiano, la ciudad siguió siendo un centro de la corte, de la administración militar y del ejército. Su carácter de ciudad de guarnición se acentuó: regimientos, cuarteles y desfiles formaban parte del paisaje cotidiano, y Potsdam encarnaba como pocas ciudades el espíritu del militarismo prusiano que tanto pesó en la historia alemana.
Al mismo tiempo, la ciudad siguió embelleciéndose. Federico Guillermo IV, gran aficionado a la arquitectura y a la cultura italiana, impulsó en el siglo XIX nuevos proyectos en el parque de Sanssouci y sus alrededores —como la Orangerie de inspiración renacentista italiana, la Friedenskirche (Iglesia de la Paz) o el embellecimiento de los jardines—, de la mano de arquitectos como Schinkel y Persius y paisajistas como Lenné. El conjunto de palacios y parques alcanzó así su forma madura.
El último capítulo monárquico fue el reinado del káiser Guillermo II, que residía a menudo en Potsdam y para cuyo hijo, el príncipe heredero, se construyó entre 1914 y 1917 el palacio de Cecilienhof, ya en estilo de casa de campo inglesa. La derrota en la Primera Guerra Mundial y la abdicación del Káiser en 1918 pusieron fin a más de dos siglos de Potsdam como residencia real e imperial. La ciudad de los reyes se preparaba para entrar, con el resto de Alemania, en el convulso siglo XX.
El siglo XX trajo a Potsdam, como a toda Alemania, episodios oscuros. El régimen nazi se sirvió del prestigio simbólico de la ciudad: en marzo de 1933, el llamado 'Día de Potsdam' escenificó en la Garnisonkirche (Iglesia de la Guarnición) un acto que buscaba vincular el nuevo régimen de Hitler con la tradición prusiana de Federico el Grande, en un intento de legitimarse ante los conservadores y el ejército.
En la fase final de la Segunda Guerra Mundial, en abril de 1945, Potsdam sufrió un duro bombardeo aliado que destruyó buena parte de su centro histórico, aunque los palacios y parques de Sanssouci, más alejados, se salvaron en gran medida. La ciudad cayó poco después en manos del Ejército Rojo, junto con Berlín.
Apenas terminada la guerra, Potsdam protagonizó uno de los acontecimientos diplomáticos más importantes del siglo: la Conferencia de Potsdam, celebrada en el palacio de Cecilienhof entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945. Allí se reunieron los líderes de las tres potencias vencedoras —el presidente estadounidense Harry Truman, el líder soviético Iósif Stalin y el primer ministro británico Winston Churchill, reemplazado durante la conferencia por Clement Attlee tras las elecciones británicas—. En esa mesa se decidieron cuestiones decisivas: la administración de la Alemania ocupada y dividida en zonas, las reparaciones, los nuevos límites fronterizos en Europa central y el destino de millones de personas. Potsdam quedó así inscrita para siempre en la historia del orden mundial de la posguerra.
Tras la guerra, Potsdam quedó dentro de la zona de ocupación soviética y, desde 1949, formó parte de la República Democrática Alemana (RDA), como capital del estado de Brandeburgo y luego de uno de sus distritos administrativos. La construcción del Muro de Berlín en 1961 partió la región y aisló a Potsdam de su vecina occidental: el puente de Glienicke, que une Potsdam con Berlín sobre el Havel, quedó en plena frontera y se hizo célebre durante la Guerra Fría como 'puente de los espías', escenario de varios intercambios de agentes capturados entre Oriente y Occidente.
Durante las décadas de la RDA, el patrimonio de Potsdam sufrió cierto abandono y algunas pérdidas —como la demolición de la dañada Garnisonkirche en los años sesenta—, aunque los grandes palacios y parques se conservaron y restauraron parcialmente. La caída del Muro en 1989 y la reunificación alemana de 1990 abrieron una nueva etapa para la ciudad.
Ese mismo año 1990, el conjunto de 'Palacios y Parques de Potsdam y Berlín' fue inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, un reconocimiento a uno de los paisajes culturales palaciegos más extraordinarios de Europa. Desde entonces, Potsdam ha vivido una intensa restauración de su patrimonio, ha recuperado edificios y plazas de su centro histórico, ha visto florecer instituciones culturales como el Museo Barberini y se ha convertido en una próspera capital de estado y en uno de los destinos turísticos más atractivos de Alemania. Hoy combina el esplendor de su pasado real con la vitalidad de una ciudad universitaria y cultural, a las puertas mismas de Berlín.