Pocas ciudades alemanas resumen tan bien las grandezas y las miserias de la historia europea como Núremberg. Antes de que su nombre quedara ligado para siempre al nazismo y a los juicios que lo condenaron, Núremberg fue durante siglos una de las ciudades más ricas, cultas y prestigiosas del continente. Y todo empezó a los pies de una roca de arenisca coronada por un castillo.
Núremberg aparece documentada por primera vez en 1050, en un diploma del emperador Enrique III que menciona el castillo (Nourenberc) sobre el que crecería la ciudad. Su ubicación en un cruce de rutas comerciales del centro de Europa la hizo prosperar rápido, y su vínculo con el poder imperial fue temprano y estrecho: el Kaiserburg, el castillo imperial, se convirtió en una de las residencias itinerantes de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, que no tenían capital fija y viajaban de ciudad en ciudad. Entre los siglos XI y XVI, prácticamente todos los emperadores medievales se alojaron alguna vez en Núremberg.
En 1219, el emperador Federico II le concedió el estatuto de ciudad libre imperial (Reichsstadt): dependía directamente del emperador y no de ningún príncipe o señor local, lo que le dio una autonomía política y económica enorme. La ciudad se gobernaba por un consejo de familias patricias y llegó a controlar un amplio territorio propio. En 1356, la Bula de Oro del emperador Carlos IV —la ley fundamental que regulaba la elección del emperador— estableció que cada nuevo soberano debía celebrar en Núremberg la primera Dieta imperial de su reinado, consagrándola como una especie de capital oficiosa del Imperio.
El símbolo máximo de ese papel llegó en 1424, cuando el emperador Segismundo confió a Núremberg la custodia perpetua de las insignias imperiales (Reichskleinodien): la corona, el cetro, el orbe, la espada y las reliquias con las que se coronaba a los emperadores. Durante casi cuatro siglos, esos objetos sagrados del poder imperial se guardaron en la ciudad y se exhibían una vez al año, atrayendo peregrinos y consolidando el prestigio de Núremberg como corazón simbólico del Imperio.
Entre finales del siglo XV y el siglo XVI, Núremberg vivió su edad dorada y se convirtió en uno de los grandes focos del Renacimiento del norte de Europa. Su riqueza venía del comercio a larga distancia y, sobre todo, de una industria artesanal de altísima calidad: la ciudad era famosa por sus orfebres, relojeros, fabricantes de instrumentos científicos, armeros y grabadores. Aquí se fabricaron los primeros relojes de bolsillo (los llamados 'huevos de Núremberg'), globos terráqueos, instrumentos de navegación y astronómicos que se vendían por toda Europa. La imprenta, llegada poco después de Gutenberg, hizo de Núremberg un centro editorial de primer orden.
Ese esplendor material se tradujo en un florecimiento cultural extraordinario. La figura que lo encarna es Alberto Durero (Albrecht Dürer, 1471-1528), nacido y muerto en la ciudad, el mayor artista del Renacimiento alemán. Pintor, dibujante y teórico, Durero elevó el grabado en madera y en cobre a una perfección técnica nunca vista y difundió por todo el continente obras como 'El caballero, la muerte y el diablo', 'Melancolía I', el 'Rinoceronte' o sus impresionantes autorretratos. Fue también un intelectual europeo que viajó a Italia, estudió la perspectiva y la proporción y escribió tratados sobre el arte. En torno a él brillaron el escultor Veit Stoss, el broncista Peter Vischer, el humanista Willibald Pirckheimer y, más tarde, el zapatero y poeta Hans Sachs, maestro cantor cuya figura inmortalizaría Richard Wagner.
Núremberg fue también una de las primeras grandes ciudades del Imperio en adherir a la Reforma protestante. En 1525, tras años de debate, el consejo de la ciudad adoptó oficialmente el luteranismo, y Núremberg se convirtió en un baluarte del protestantismo y en refugio de reformadores. Ese giro religioso convivió con la fidelidad al emperador, en un equilibrio a veces difícil. Fue la ciudad de la ciencia y del arte, pero también de sombras: la comunidad judía, que había sido importante en la Edad Media, ya había sufrido un pogromo devastador en 1349 —en plena peste negra— en cuyo solar se levantó la actual Frauenkirche, y una expulsión definitiva en 1499. Esa historia de esplendor y de intolerancia forma parte del mismo relato.
El esplendor no duró para siempre. A partir del siglo XVI, el descubrimiento de América y la apertura de nuevas rutas marítimas desplazaron el eje del comercio europeo desde el interior del continente hacia el Atlántico, y ciudades del interior como Núremberg empezaron a perder peso frente a los grandes puertos. Pero el golpe decisivo llegó con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el catastrófico conflicto religioso y político que asoló el Sacro Imperio.
Núremberg, ciudad protestante, sufrió enormemente. Aunque logró evitar el saqueo directo pagando fuertes sumas, quedó rodeada por los ejércitos, padeció el hambre, la peste y el desplome del comercio. En 1632, sus alrededores fueron escenario de una larga y desastrosa confrontación entre las tropas del rey sueco Gustavo Adolfo y las imperiales de Wallenstein, con miles de muertos por el combate y las enfermedades. La ciudad salió de la guerra empobrecida y endeudada, y ya no recuperó su antiguo rango. Durante los siglos XVII y XVIII vivió una lenta decadencia, conservando su belleza y su industria artesanal, pero cada vez más al margen de la gran política europea.
El fin de su independencia llegó con Napoleón. La reorganización de Alemania impulsada por el emperador francés disolvió el viejo Sacro Imperio Romano Germánico en 1806, y en ese proceso Núremberg perdió su condición de ciudad libre imperial —que había tenido casi seiscientos años— y fue incorporada al recién creado Reino de Baviera. Con ella se llevaron a Viena las insignias imperiales, para evitar que cayeran en manos francesas. Bajo administración bávara, y ya en el siglo XIX, Núremberg vivió un segundo renacimiento gracias a la Revolución Industrial: en 1835 se inauguró entre Núremberg y la vecina Fürth el primer ferrocarril de Alemania, el Ludwigsbahn, y la ciudad se convirtió en un gran centro industrial (metalurgia, juguetes, lápices Faber-Castell y Staedtler, motores). A comienzos del siglo XX era una próspera ciudad industrial que miraba con orgullo su pasado medieval.
El pasado glorioso de Núremberg —su condición de ciudad imperial, su casco antiguo medieval, su vínculo con la identidad alemana— fue precisamente lo que el nazismo quiso apropiarse. Desde mediados de los años veinte, el Partido Nazi (NSDAP) eligió Núremberg como sede de sus congresos anuales, atraído por ese simbolismo histórico y por su ubicación central. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, la ciudad recibió el título propagandístico de 'Ciudad de los Congresos del Reich' (Stadt der Reichsparteitage).
Entre 1933 y 1938, cada septiembre, Núremberg fue escenario de los Reichsparteitage: concentraciones multitudinarias de cientos de miles de miembros del partido, las SA, las SS y el ejército, coreografiadas al detalle como gigantescos espectáculos de propaganda. Las imágenes de esos congresos —los desfiles, las antorchas, los mares de banderas, la 'catedral de luz' de reflectores diseñada por Albert Speer— fueron filmadas por Leni Riefenstahl en 'El triunfo de la voluntad' (1935) y se convirtieron en la imagen más difundida del poder totalitario nazi. Para albergarlos, el régimen proyectó en el sureste de la ciudad un colosal terreno de congresos (Reichsparteitagsgelände) de once kilómetros cuadrados, con estadios, tribunas y avenidas monumentales, en gran parte inacabado. De él se conservan el descomunal Salón de Congresos (Kongresshalle), inspirado en el Coliseo romano, y la tribuna Zeppelin, desde donde Hitler arengaba a las masas.
Pero el papel de Núremberg en la historia del nazismo no se limitó a la escenografía. En el congreso de septiembre de 1935, el régimen proclamó allí las Leyes de Núremberg (Nürnberger Gesetze), dos leyes raciales que marcaron un punto de inflexión en la persecución de los judíos: la 'Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes', que prohibía los matrimonios y relaciones entre judíos y 'alemanes de sangre aria', y la 'Ley de ciudadanía del Reich', que despojó a los judíos de la ciudadanía y de sus derechos civiles. Estas leyes dieron cobertura seudojurídica a la exclusión sistemática que desembocaría en el Holocausto. Que llevaran el nombre de la ciudad no fue casual: se aprobaron precisamente en ese escenario cargado de simbolismo. Núremberg quedó así, ante el mundo, indisolublemente asociada al régimen y a su ideología. Hoy, el Centro de Documentación instalado en el Salón de Congresos analiza con rigor histórico ese pasado, no para exhibirlo sino para explicarlo y prevenir.
El protagonismo que el nazismo había dado a Núremberg tuvo un precio terrible. Como símbolo del régimen y como importante centro industrial y de armamento, la ciudad se convirtió en un objetivo de primer orden para la aviación aliada durante la Segunda Guerra Mundial. A lo largo del conflicto sufrió numerosos bombardeos, pero el golpe definitivo llegó la noche del 2 de enero de 1945, cuando un ataque masivo de la Royal Air Force británica arrasó en poco más de una hora el casco antiguo medieval.
El centro histórico —uno de los conjuntos medievales mejor conservados de Europa, con sus casas de entramado, sus iglesias góticas y sus callejuelas— quedó reducido a escombros. Se calcula que alrededor del 90 % del casco antiguo fue destruido, y buena parte del resto de la ciudad quedó también en ruinas. Murieron miles de personas y decenas de miles quedaron sin hogar. Cuando las tropas estadounidenses tomaron la ciudad tras duros combates callejeros, entre el 16 y el 20 de abril de 1945, Núremberg era un campo de ruinas. En un gesto cargado de simbolismo, los soldados aliados hicieron detonar la gran esvástica que coronaba la tribuna Zeppelin del terreno de congresos.
La reconstrucción de posguerra fue larga y objeto de intenso debate. A diferencia de otras ciudades alemanas, que optaron por reconstruirse en clave moderna, Núremberg decidió recuperar la traza, las siluetas y muchos de los edificios emblemáticos de su casco antiguo medieval, aunque con técnicas y materiales del siglo XX. Se levantaron de nuevo las grandes iglesias, el castillo, la Casa de Durero y la muralla, respetando el trazado histórico. El resultado no es un centro medieval auténtico, sino una cuidadosa recreación que devuelve a la ciudad su atmósfera de antaño y que hoy los visitantes recorren muchas veces sin saber que casi todo lo que ven se reconstruyó tras 1945. Es una de las reconstrucciones urbanas más notables de Europa.
Terminada la guerra, las potencias vencedoras se enfrentaron a una pregunta sin precedentes: ¿qué hacer con los máximos responsables de un régimen que había desatado una guerra mundial y perpetrado el exterminio sistemático de millones de personas? La respuesta fue crear un tribunal internacional para juzgarlos, y el lugar elegido fue, de nuevo, Núremberg. La elección tuvo un peso simbólico evidente —la ciudad de los congresos del partido y de las leyes raciales sería ahora la de la justicia— y también razones prácticas: su Palacio de Justicia había quedado relativamente intacto, era amplio y contaba con una gran prisión anexa.
Entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946, en la Sala 600 (Saal 600) de aquel Palacio de Justicia, el Tribunal Militar Internacional formado por jueces de Estados Unidos, el Reino Unido, la Unión Soviética y Francia juzgó a 24 de los principales dirigentes del Tercer Reich —entre ellos Hermann Göring, Rudolf Hess, Joachim von Ribbentrop y Albert Speer— por cuatro cargos: conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El proceso, seguido por la prensa de todo el mundo y documentado con las propias pruebas y filmaciones del régimen, terminó con doce condenas a muerte, penas de prisión y tres absoluciones. A este proceso principal le siguieron doce juicios sucesivos contra médicos, jueces, militares e industriales.
La trascendencia de los Juicios de Núremberg va mucho más allá de las condenas concretas. Fue la primera vez en la historia que se hacía comparecer ante la justicia a los máximos dirigentes de un Estado por sus actos, rechazando la defensa de que 'solo cumplían órdenes' o de que un jefe de Estado era intocable. De allí surgieron los llamados 'Principios de Núremberg', que consagraron conceptos como el de 'crimen contra la humanidad' y la responsabilidad penal individual, y que se convirtieron en la piedra angular del derecho penal internacional moderno. Sin Núremberg no se entienden los tribunales posteriores para la antigua Yugoslavia o Ruanda, ni la Corte Penal Internacional de La Haya.
Hoy la ciudad asume plenamente ese legado. La Sala 600 puede visitarse, junto con el Memorium Nürnberger Prozesse, un centro que explica el proceso y su alcance. Y Núremberg, que en el siglo XX dio nombre a leyes de exclusión y odio, se ha reinventado como una 'ciudad de la paz y de los derechos humanos': otorga desde 1995 un Premio Internacional de Derechos Humanos y ha construido, a la entrada de su Museo Nacional Germánico, la Calle de los Derechos Humanos. La misma ciudad que el nazismo eligió como escenario es hoy un lugar donde Europa aprende a mirar de frente su historia más oscura.