Como tantas ciudades del este de Alemania, Leipzig tiene raíces eslavas. El nombre deriva del sorabo 'Lipsk' (o 'Lipsko'), relacionado con la palabra eslava para el tilo ('lipa'): Leipzig sería, así, 'el lugar de los tilos'. La región estaba poblada por los sorbios, un pueblo eslavo occidental, antes de la expansión germánica medieval hacia el este del Elba y el Saale.
La primera mención escrita de Leipzig aparece hacia el año 1015 en la crónica del obispo Thietmar de Merseburgo, que cita la 'urbs Libzi'. Era entonces un pequeño asentamiento fortificado. Lo que iba a marcar su destino, sin embargo, era su privilegiada ubicación geográfica: Leipzig se encontraba en el cruce de dos de las grandes rutas comerciales de la Europa medieval, la Via Regia (que iba de oeste a este, de Renania a Silesia y Polonia) y la Via Imperii (que iba de norte a sur, del Báltico a Italia).
Ese cruce de caminos convirtió a Leipzig en un punto natural de intercambio. A comienzos del siglo XII, hacia 1165, el margrave Otón de Meissen le concedió privilegios de ciudad y de mercado, sentando las bases de su vocación comercial. Lo que había nacido como un poblado eslavo junto a los tilos estaba destinado a convertirse en una de las grandes ciudades de ferias de Europa.
Desde la Edad Media, la identidad de Leipzig giró en torno a sus ferias comerciales. Gracias a los privilegios reales e imperiales que recibió a lo largo de los siglos —especialmente el de feria imperial, que obligaba a los comerciantes de un amplio radio a ofrecer sus mercancías en Leipzig—, la Leipziger Messe se convirtió en una de las ferias más importantes de Europa, atrayendo mercaderes de todo el continente. Esa tradición ferial, que tiene siglos de antigüedad, sigue viva hoy en el moderno recinto de exposiciones de la ciudad.
A la vocación comercial se sumó la del libro. Leipzig fue durante siglos la capital alemana de la imprenta, la edición y el comercio de libros, sede de innumerables editoriales y de la Bolsa Alemana del Libro. Aún hoy alberga la Feria del Libro de Leipzig (Leipziger Buchmesse), una de las más importantes del país, y la Biblioteca Nacional Alemana tiene aquí una de sus sedes.
La cultura encontró otro pilar en 1409, cuando se fundó la Universidad de Leipzig, una de las más antiguas de Alemania (solo Heidelberg la precede entre las que siguen en funcionamiento). Por sus aulas pasaron figuras como Gottfried Wilhelm Leibniz, Johann Wolfgang von Goethe —que la inmortalizó en su 'Fausto' y que llamó a Leipzig 'un pequeño París'— y Friedrich Nietzsche. Comercio, libros y saber se entrelazaron para dar a la ciudad un perfil culto y cosmopolita poco común.
Si hay algo que ha dado fama universal a Leipzig es la música. La ciudad es, ante todo, la ciudad de Johann Sebastian Bach. El gran compositor se instaló en Leipzig en 1723 como cantor (Thomaskantor) de la iglesia de Santo Tomás, cargo que ocupó hasta su muerte en 1750. Durante esos 27 años compuso buena parte de su obra sacra —cantatas, motetes y, probablemente, sus grandes pasiones— para los servicios de las iglesias de la ciudad, dirigiendo el coro de Santo Tomás. Sus restos descansan hoy en la propia Thomaskirche, convertida en lugar de peregrinación musical.
El legado siguió creciendo. En el siglo XIX, Felix Mendelssohn dirigió la Orquesta de la Gewandhaus —una de las orquestas civiles más antiguas del mundo, fundada en 1743— y la elevó a la primera fila europea; además fundó en Leipzig, en 1843, el primer conservatorio de música de Alemania. La ciudad fue también escenario de la vida de Robert y Clara Schumann, y cuna de Richard Wagner, que nació aquí en 1813.
Esa densidad musical hizo de Leipzig un centro de la cultura europea. La tradición sigue plenamente viva: el coro de niños de Santo Tomás (Thomanerchor) tiene ocho siglos de historia, la Gewandhausorchester actúa regularmente en su sala de excelente acústica, y la ciudad rinde culto a Bach con festivales, museos y conciertos que atraen melómanos de todo el mundo.
En octubre de 1813, los campos en torno a Leipzig fueron escenario de uno de los acontecimientos militares más colosales del siglo XIX: la Batalla de las Naciones (Völkerschlacht bei Leipzig), librada entre el 16 y el 19 de octubre. En ella, los ejércitos coaligados de Rusia, Prusia, Austria y Suecia se enfrentaron al ejército de Napoleón Bonaparte y sus aliados.
Fue la mayor batalla de las guerras napoleónicas y, por el número de combatientes implicados (más de medio millón de soldados de muchas naciones, de ahí el nombre de 'batalla de las naciones'), una de las más grandes de la historia europea hasta la Primera Guerra Mundial. La derrota de Napoleón en Leipzig fue decisiva: lo obligó a retirarse al otro lado del Rin, marcó el principio del fin de su dominio sobre Europa y allanó el camino hacia su primera abdicación, en 1814.
Un siglo después, en 1913, Leipzig conmemoró el centenario de la batalla inaugurando el Völkerschlachtdenkmal (Monumento a la Batalla de las Naciones), una mole colosal de hormigón y piedra de unos 91 metros de altura, una de las construcciones conmemorativas más imponentes de Europa. Su estética monumental y solemne convierte la visita en una experiencia impactante, y desde su plataforma superior se contempla toda la ciudad. El monumento recuerda no solo la victoria, sino el enorme coste humano de aquella batalla.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Leipzig quedó dentro de la zona de ocupación soviética y, desde 1949, formó parte de la República Democrática Alemana (RDA). Siguió siendo una importante ciudad industrial y ferial del Estado socialista, manteniendo viva su tradición de ferias internacionales que servían de ventana al comercio con Occidente. Pero, como toda la RDA, vivía bajo un régimen de partido único, con vigilancia de la policía secreta (la Stasi) y restricciones a la libertad.
Fue precisamente en Leipzig donde la presión por el cambio encontró su cauce más decisivo. Desde 1982, la iglesia de San Nicolás (Nikolaikirche) acogía cada lunes las 'Friedensgebete' (oraciones por la paz). A lo largo de 1989, en un contexto de creciente descontento y de éxodo de ciudadanos hacia Occidente, esas reuniones empezaron a desbordar la iglesia y a convertirse en manifestaciones públicas: las 'Montagsdemonstrationen' (manifestaciones de los lunes).
El momento culminante llegó el 9 de octubre de 1989. Pese al temor a una represión sangrienta —se temía que el régimen reaccionara como había hecho China en Tiananmen pocos meses antes—, unas 70.000 personas marcharon pacíficamente por el anillo del centro de Leipzig al grito de 'Wir sind das Volk' ('Nosotros somos el pueblo'). Las fuerzas de seguridad no intervinieron, y aquella jornada se considera un punto de no retorno. Las manifestaciones crecieron hasta sumar cientos de miles de personas, y un mes después caía el Muro de Berlín. Por eso a Leipzig se la conoce como 'Heldenstadt', la 'ciudad de los héroes' de la revolución pacífica.
Con la reunificación alemana de 1990, Leipzig pasó por una transición difícil pero finalmente exitosa. La desaparición de la economía planificada provocó el cierre de muchas fábricas y un fuerte declive demográfico durante los años noventa, con barrios industriales que quedaron vacíos y edificios deteriorados. Sin embargo, esa misma decadencia abrió oportunidades inesperadas.
Los amplios espacios industriales abandonados y los alquileres baratos atrajeron a artistas, creativos y jóvenes. La antigua hilandería de algodón (Spinnerei) y otros complejos fabriles se reconvirtieron en estudios, galerías y espacios culturales. La llamada 'Nueva Escuela de Leipzig', con pintores como Neo Rauch, situó a la ciudad en el mapa del arte contemporáneo mundial. Barrios como Plagwitz y la Südvorstadt florecieron como centros de vida alternativa. Esa efervescencia le valió el apodo de 'Hypezig', y convirtió a Leipzig en una de las ciudades de mayor crecimiento de Alemania en el siglo XXI.
Hoy Leipzig combina varias almas: la del esplendor comercial y ferial de siglos, la del gran patrimonio musical de Bach y Mendelssohn, la de la memoria de la revolución pacífica de 1989 y la de una escena cultural joven y vibrante. Es una ciudad que supo reinventarse, recuperando su población y su prestigio, y que hoy figura entre los destinos más interesantes y dinámicos del este alemán.