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Historia de Heidelberg

De dos aldeas a capital del Palatinado electoral

El valle del Neckar estuvo habitado desde muy antiguo: cerca de Heidelberg, en la localidad de Mauer, apareció en 1907 la mandíbula del llamado Homo heidelbergensis, un homínido de cientos de miles de años que lleva el nombre de la ciudad. Mucho después, celtas y romanos ocuparon estas orillas; los romanos levantaron un fuerte y un puente sobre el Neckar. Pero la Heidelberg que conocemos nace en la Edad Media, a la sombra de un castillo.

La ciudad se menciona por primera vez en documentos hacia 1196. Creció encajada entre el río y la colina, en el punto donde el valle boscoso se abre hacia la llanura del Rin, un emplazamiento estratégico para controlar el paso. Desde el siglo XIII, Heidelberg fue la residencia de los condes palatinos del Rin, una de las grandes dinastías del Sacro Imperio Romano Germánico.

El salto decisivo llegó en 1356 con la Bula de Oro del emperador Carlos IV, el documento que fijó las reglas para elegir al emperador. La Bula concedió a los condes palatinos la dignidad de príncipes electores: es decir, pasaron a formar parte del selecto grupo de siete príncipes con derecho a elegir al emperador. El territorio que gobernaban desde Heidelberg se llamó el Palatinado electoral (Kurpfalz), y su capital se convirtió en uno de los centros de poder más importantes del Imperio. Aquella palabra, 'Palatinado', viene del cargo palatino de estos príncipes, encargados originalmente de administrar los dominios imperiales.

La universidad de 1386 y el esplendor renacentista

En 1386, el príncipe elector Ruperto I fundó la Universidad de Heidelberg, la más antigua de Alemania y una de las primeras del Sacro Imperio. Nació con las cuatro facultades clásicas —Teología, Derecho, Filosofía y Medicina— y convirtió a la ciudad en un foco intelectual que atraía a estudiosos de toda Europa. Ese carácter universitario, que dura más de seis siglos, sigue definiendo hoy a Heidelberg.

Los siglos XV y XVI fueron su época dorada. Los electores embellecieron el castillo con alas renacentistas de una belleza excepcional: el Ottheinrichsbau, mandado construir por el elector Otón Enrique a mediados del siglo XVI, y el Friedrichsbau, levantado entre 1601 y 1607 por Federico IV, con estatuas de los antepasados de la casa palatina. El castillo dejó de ser una fortaleza para volverse un palacio suntuoso, uno de los conjuntos renacentistas más admirados al norte de los Alpes.

Heidelberg fue además un bastión del protestantismo. En 1563, bajo el elector Federico III, se redactó aquí el Catecismo de Heidelberg, uno de los textos fundamentales del calvinismo reformado, difundido por toda Europa. La ciudad se convirtió en un centro del pensamiento reformado y en un actor de las tensiones religiosas que desembocarían en guerra.

El momento más brillante y más frágil llegó con el elector Federico V, casado con Isabel Estuardo, hija del rey de Inglaterra. Para ella hizo diseñar hacia 1610 el Hortus Palatinus, un fabuloso jardín en terrazas junto al castillo, obra del ingeniero Salomon de Caus, que los contemporáneos llamaron 'la octava maravilla del mundo'. Pero la ambición política de Federico V lo perdió: en 1619 aceptó la corona de Bohemia que le ofrecían los protestantes rebeldes, desafiando al emperador. Reinó apenas un invierno —por eso pasó a la historia como el 'Rey de Invierno'— antes de ser derrotado, y arrastró al Palatinado a la catástrofe de la Guerra de los Treinta Años.

La Biblioteca Palatina y la destrucción del castillo

La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) golpeó a Heidelberg con dureza. En 1622, tras un asedio de dos meses, las tropas católicas del general Tilly tomaron la ciudad. Como botín, se llevaron el mayor tesoro de Heidelberg: la Bibliotheca Palatina, la célebre biblioteca de manuscritos y libros reunida en la iglesia del Espíritu Santo, considerada una de las más ricas de Europa. Fue regalada al papa Gregorio XV y trasladada a Roma en 1623, donde en gran parte sigue: hoy forma parte de la Biblioteca Apostólica Vaticana. Fue una pérdida cultural enorme para la ciudad.

Pero lo peor llegó a finales de ese siglo. En la Guerra de Sucesión del Palatinado, también llamada Guerra de los Nueve Años (1688-1697), el rey Luis XIV de Francia reclamó derechos sobre el Palatinado y lanzó a sus ejércitos sobre la región con una política deliberada de tierra quemada. Las tropas francesas destruyeron Heidelberg y su castillo el 2 de marzo de 1689, incendiando la ciudad y volando parte de las torres. Y como el castillo aún conservaba estructuras, los franceses volvieron y lo remataron con minas el 23 de mayo de 1693, dejándolo en las ruinas que hoy vemos.

Hubo intentos de reconstrucción en el siglo XVIII, pero la fatalidad se ensañó: en 1764, dos rayos cayeron sobre el ala del castillo que se estaba restaurando y provocaron un incendio que echó por tierra los trabajos. El elector Carlos Teodoro, que además ya había trasladado su corte a Mannheim, interpretó el suceso casi como una señal y abandonó la idea. El castillo quedó como una ruina majestuosa sobre la colina, y la ciudad, empobrecida, se reconstruyó en estilo barroco sobre sus cimientos medievales: por eso el casco antiguo actual tiene esa uniforme belleza barroca del siglo XVIII.

El Romanticismo: la ruina hecha símbolo

Lo que fue una desgracia militar se transformó, un siglo después, en el mayor atractivo de Heidelberg. A comienzos del siglo XIX, el movimiento romántico alemán encontró en la ciudad y su castillo en ruinas la imagen perfecta de sus ideales: la melancolía del tiempo que pasa, la fuerza de la naturaleza reconquistando la piedra, la nostalgia de un pasado medieval en una Alemania todavía dividida en decenas de estados. La ruina, cubierta de hiedra y abierta al cielo, decía más a los románticos que cualquier palacio intacto.

Heidelberg se volvió cuna de un círculo literario, la llamada Romántica de Heidelberg (Heidelberger Romantik). Entre 1805 y 1808, los poetas Achim von Arnim y Clemens Brentano publicaron aquí 'Des Knaben Wunderhorn' ('El cuerno mágico del muchacho'), una célebre colección de canciones y poemas populares alemanes que marcó la cultura del país. Pintores como Carl Philipp Fohr y poetas como Joseph von Eichendorff y Friedrich Hölderlin cantaron la belleza del valle y del castillo. La ciudad pasó a ser sinónimo del Romanticismo alemán y de una cierta idea sentimental de Alemania.

Un personaje fue clave para salvar la ruina: el noble francés Charles de Graimberg, que desde 1810 se instaló como guardián voluntario del castillo, lo dibujó y grabó una y otra vez para difundir su imagen, e impidió que los vecinos siguieran usando sus piedras como cantera. Gracias a él, la ruina se conservó en lugar de desaparecer. En 1890, una comisión de expertos concluyó que reconstruir el castillo por completo era imposible y decidió conservar la ruina, restaurando solo el Friedrichsbau. Aquella decisión consagró para siempre a Heidelberg como 'la ruina romántica' por excelencia.

El turismo llegó pronto. El escritor estadounidense Mark Twain dedicó páginas entusiastas a Heidelberg en 'Un vagabundo en el extranjero' (1880), y la ciudad se hizo famosa en el mundo anglosajón. La opereta 'El príncipe estudiante' (The Student Prince), ambientada en las tabernas universitarias de Heidelberg, la volvió aún más popular. La ciudad, salvada de la reconstrucción, vivía de su leyenda romántica.

El siglo XX: la ciudad que se salvó de la guerra

Heidelberg no fue ajena a la parte más oscura del siglo XX. La universidad, orgullo de la ciudad, se dejó nazificar tras 1933: profesores judíos y disidentes fueron expulsados, se quemaron libros y sobre el frontón de la Nueva Universidad se llegó a grabar una consigna acorde a la ideología del régimen. La comunidad judía de la ciudad fue perseguida y deportada; en 1940, cientos de judíos de Heidelberg y de la región fueron enviados al campo de internamiento de Gurs, en Francia, antesala del exterminio. Estos hechos se recuerdan hoy con sobriedad en placas y memoriales.

Sin embargo, a diferencia de casi todas las ciudades alemanas, Heidelberg salió físicamente intacta de la Segunda Guerra Mundial. No fue bombardeada de forma sistemática: no era un centro industrial ni un nudo ferroviario de peso, así que no representaba un objetivo militar prioritario. Circula la idea popular de que los aliados la respetaron para usarla luego como cuartel, pero los historiadores señalan que la razón principal fue simplemente su escaso valor estratégico. El 30 de marzo de 1945, las tropas estadounidenses entraron en la ciudad, que se rindió sin apenas resistencia; los alemanes habían volado los puentes sobre el Neckar, incluido parte del Puente Viejo, que luego se reconstruyó.

Al quedar intacta y en la zona de ocupación estadounidense, Heidelberg se convirtió durante décadas en la sede del cuartel general del ejército de Estados Unidos en Europa (USAREUR), instalado sobre todo en los antiguos cuarteles renombrados Campbell Barracks. Miles de militares estadounidenses y sus familias vivieron aquí durante la Guerra Fría, hasta que el mando se retiró en la década de 2010. La presencia estadounidense dejó una huella particular en la vida de la ciudad.

La universidad, reabierta en 1945 de la mano de profesores antinazis como Karl Jaspers y Alfred Weber, recuperó su prestigio y volvió a ser una de las más importantes de Europa, con varios premios Nobel entre sus miembros. Hoy Heidelberg es una ciudad universitaria vibrante, un importante polo científico y médico, y uno de los destinos turísticos más visitados de Alemania. Su casco antiguo auténtico, su castillo romántico y su río siguen atrayendo a viajeros de todo el mundo que buscan la Alemania de los cuentos, esa que la guerra, milagrosamente, no borró.

📚 Bibliografía

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