Hamburgo nació como una fortaleza de frontera. Hacia el año 808, en tiempos de Carlomagno, se levantó sobre un promontorio entre los ríos Elba y Alster un castillo de barro y empalizada conocido como el Hammaburg, destinado a defender el límite nororiental del Imperio franco frente a sajones, eslavos (los obotritas) y, más tarde, los vikingos. De ese castillo deriva el nombre de la ciudad: la raíz 'Hamma' aludiría a un terreno boscoso o a un recodo del río, y 'burg' significa fortaleza. Las excavaciones arqueológicas en el actual barrio de la Domplatz han confirmado la existencia de esa primera fortificación carolingia.
En el año 831, el emperador Luis el Piadoso convirtió Hamburgo en sede de un arzobispado misionero encargado de evangelizar el norte de Europa y Escandinavia, con Ansgar, el 'apóstol del Norte', como primer arzobispo. Sin embargo, la frágil ciudad fue arrasada en el 845 por una flota vikinga, y el arzobispado tuvo que unirse al de Bremen. Durante los siglos siguientes, Hamburgo fue reconstruida y destruida varias veces, en un territorio disputado y expuesto a las incursiones del Báltico y el mar del Norte.
El destino de la ciudad quedó marcado desde el principio por el agua y el comercio. Su posición sobre el bajo Elba, cerca de la desembocadura en el mar del Norte, la convertía en un punto natural de intercambio entre el interior germánico y las rutas marítimas del Atlántico y el Báltico. Esa vocación portuaria sería, durante los mil años siguientes, el motor de toda su historia.
El gran punto de inflexión en la historia de Hamburgo llegó, según la tradición, el 7 de mayo de 1189, cuando el emperador Federico I Barbarroja habría concedido a la ciudad importantes privilegios comerciales: exención de aduanas en el Elba hasta el mar del Norte y libertad de navegación. Aunque los historiadores discuten la autenticidad de la carta original (algunos la consideran una falsificación posterior basada en privilegios reales), esa fecha quedó consagrada como el nacimiento del puerto de Hamburgo, y la ciudad la celebra cada año en el 'Hafengeburtstag' (Cumpleaños del Puerto), una de las mayores fiestas portuarias del mundo.
Con esos privilegios, Hamburgo se lanzó al comercio marítimo. A lo largo de los siglos XIII y XIV se integró en la Liga Hanseática (Hanse), la poderosa confederación de ciudades mercantiles del norte de Europa que dominó el comercio del Báltico y el mar del Norte. Hamburgo, junto a Lübeck y Bremen, se convirtió en una de sus plazas más importantes: exportaba cerveza, paño y manufacturas, e importaba pescado, sal, pieles y materias primas de Escandinavia, Rusia, Flandes e Inglaterra. La ciudad amasó riqueza y desarrolló una clase de mercaderes-patricios que gobernaban con notable autonomía.
En 1510, el emperador Maximiliano I reconoció a Hamburgo como ciudad libre imperial (Freie Reichsstadt), un estatus que la situaba directamente bajo la autoridad del emperador y le garantizaba el autogobierno. De ese pasado de ciudad libre y comerciante procede su título oficial, que conserva hasta hoy: 'Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo' (Freie und Hansestadt Hamburg). El orgullo hanseático —sobrio, mercantil, independiente— quedó grabado en el carácter de la ciudad.
Tras el ocaso de la Liga Hanseática en la Edad Moderna, Hamburgo no decayó: al contrario, supo reinventarse como centro del comercio mundial. En los siglos XVI y XVII, la ciudad acogió a refugiados religiosos —protestantes neerlandeses, judíos sefardíes, hugonotes franceses— que aportaron capital, contactos y saber comercial. En 1558 se fundó su Bolsa, una de las más antiguas de Alemania. Hamburgo comerciaba ya no solo con el Báltico, sino con el Atlántico, las Indias y América, importando azúcar, café, tabaco y especias.
La ciudad logró mantener su neutralidad e independencia durante buena parte de las guerras europeas, aunque sufrió la ocupación napoleónica entre 1806 y 1814, que arruinó temporalmente su comercio. Tras la caída de Napoleón y la creación de la Confederación Germánica en 1815, Hamburgo conservó su estatus de ciudad-estado libre, una rareza que mantendría incluso dentro de los futuros Estados alemanes.
En mayo de 1842, una catástrofe transformó la ciudad: el Gran Incendio de Hamburgo ardió durante tres días y medio, destruyó cerca de un tercio del casco antiguo —miles de viviendas, iglesias como la de San Nicolás y el ayuntamiento— y dejó a decenas de miles de personas sin hogar. La reconstrucción, lejos de hundir a la ciudad, fue la ocasión para modernizarla: se trazaron calles más amplias, se construyeron nuevos canales y se levantó, décadas después, el imponente Rathaus neorrenacentista inaugurado en 1897. La Hamburgo monumental que vemos hoy nació, en buena medida, de las cenizas de aquel incendio.
El siglo XIX fue la edad de oro del puerto de Hamburgo. Con la Revolución Industrial, la expansión del comercio transatlántico y, desde 1871, la integración en el Imperio Alemán, la ciudad se convirtió en la gran 'puerta al mundo' (Tor zur Welt) de Alemania. Por sus muelles pasaban las mercancías del comercio colonial y, sobre todo, millones de personas: entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX, Hamburgo fue uno de los principales puertos de emigración de Europa, desde donde partieron rumbo a América varios millones de emigrantes alemanes y de Europa central y oriental, muchos de ellos a través de las instalaciones de BallinStadt.
En 1888, Hamburgo ingresó plenamente en la unión aduanera alemana (Zollverein), lo que obligó a crear una gran zona franca portuaria para almacenar mercancías sin pagar aranceles. Así nació, entre 1883 y 1927, la Speicherstadt: el mayor complejo de almacenes del mundo construido sobre pilotes de roble, una ciudad de almacenes neogóticos de ladrillo rojo atravesada por canales, donde se guardaban café, té, especias, cacao, tabaco y alfombras. Junto al cercano Kontorhausviertel —el barrio de los edificios de oficinas comerciales, con la espectacular Chilehaus en forma de proa de barco—, la Speicherstadt fue declarada Patrimonio Mundial de la Unesco en 2015.
La prosperidad portuaria convivió, sin embargo, con duras desigualdades sociales y con tragedias sanitarias: en 1892, una epidemia de cólera vinculada al agua del puerto causó más de 8.000 muertos y obligó a reformar el suministro de agua y el saneamiento de la ciudad. Hamburgo entró en el siglo XX como una metrópoli industrial, comercial y obrera, próspera y desigual a la vez.
El siglo XX trajo a Hamburgo, como a toda Alemania, los años más oscuros de su historia. Tras la Primera Guerra Mundial y la inestable República de Weimar, el ascenso del nazismo en 1933 alcanzó también a la ciudad libre: se persiguió a opositores, sindicalistas y, sobre todo, a la comunidad judía, una de las más antiguas y arraigadas de Alemania. Muchos hamburgueses judíos fueron expulsados, despojados de sus bienes y, finalmente, deportados y asesinados en el Holocausto. El campo de concentración de Neuengamme, en las afueras de la ciudad, fue uno de los mayores del noroeste alemán.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Hamburgo, por su puerto y su industria, fue uno de los principales objetivos de los bombardeos aliados. En julio y agosto de 1943, la 'Operación Gomorra' —una serie de ataques masivos de la RAF británica y la USAAF estadounidense— desató una gigantesca tormenta de fuego (Feuersturm) que arrasó barrios enteros, sobre todo en el este de la ciudad. Se calcula que murieron alrededor de 34.000 a 40.000 personas en pocos días y que cientos de miles quedaron sin hogar. Fue uno de los bombardeos más devastadores de toda la guerra, y dejó una herida profunda en la memoria de la ciudad. La torre en ruinas de la iglesia de San Nicolás (Mahnmal St. Nikolai) se conserva hoy como monumento conmemorativo contra la guerra.
Tras la rendición de 1945, Hamburgo quedó en la zona de ocupación británica y vivió una difícil posguerra de escombros, racionamiento y reconstrucción. Pero su puerto volvió a ponerse en marcha, y la ciudad recuperó pronto su papel económico. En la nueva República Federal de Alemania, Hamburgo conservó su histórico estatus de ciudad-estado, convirtiéndose en uno de los dieciséis Länder del país.
En la segunda mitad del siglo XX, Hamburgo se consolidó como una de las ciudades más prósperas de Alemania: gran puerto, centro de medios de comunicación (es sede de importantes periódicas y editoriales), polo industrial (con la fábrica de Airbus en Finkenwerder) y ciudad de servicios y comercio. También fue escenario de momentos culturales decisivos: a comienzos de los años 60, en los clubes del barrio de St. Pauli y la Reeperbahn, una joven banda de Liverpool llamada The Beatles tocó cientos de horas y se forjó como grupo antes de alcanzar la fama mundial.
La ciudad sufrió también catástrofes naturales, como la gran inundación del mar del Norte de febrero de 1962, que rompió diques, anegó amplias zonas y causó más de 300 muertos; la gestión de aquella crisis lanzó la carrera política del futuro canciller Helmut Schmidt, hamburgués e hijo predilecto de la ciudad. A raíz de la tragedia, Hamburgo reforzó sus defensas contra las mareas, hoy fundamentales para una ciudad tan ligada al agua.
Desde fines del siglo XX y comienzos del XXI, Hamburgo emprendió la mayor transformación urbana de su historia reciente: la HafenCity, un barrio entero levantado sobre antiguos terrenos portuarios al borde del Elba, considerado uno de los mayores proyectos de desarrollo urbano de Europa. Su emblema es la Elbphilharmonie ('Elphi'), la espectacular sala de conciertos con forma de ola de cristal posada sobre un viejo almacén, obra del estudio Herzog & de Meuron, inaugurada en 2017 tras años de obras y polémicas por su costo. Convertida de inmediato en el nuevo símbolo de la ciudad, la Elbphilharmonie resume el espíritu de la Hamburgo actual: una vieja metrópoli portuaria, hanseática y abierta al mundo, que sigue reinventando su relación con el agua.