Antes de ser la deslumbrante capital barroca que conocemos, Dresde nació como un modesto asentamiento de pescadores eslavos a orillas del río Elba. El propio nombre de la ciudad delata ese origen: 'Dresde' deriva del sorabo antiguo 'Drežďany', que suele traducirse como 'la gente del bosque ribereño' o 'los habitantes del bosque aluvial'. Los sorbios, un pueblo eslavo occidental, poblaban esta región de la cuenca del Elba desde mucho antes de la expansión germánica hacia el este.
La primera mención documental de Dresde como ciudad data de 1206, cuando aparece citada en un documento del margrave Dietrich de Meissen. Su ubicación era estratégica: un vado sobre el Elba, en un punto donde el río podía cruzarse y donde confluían rutas comerciales. Hacia 1216 ya figura con el estatus de ciudad ('civitas'). Esa posición sobre el gran río fue, durante siglos, la clave de su crecimiento y de su importancia comercial.
A lo largo de la Edad Media, Dresde quedó bajo el dominio de la Casa de Wettin, la dinastía que marcaría su destino durante los siguientes siglos. En 1485, tras la llamada División de Leipzig que repartió los territorios de los Wettin, Dresde se convirtió en residencia de la línea albertina de la dinastía. Ese ascenso a sede de la corte fue el primer paso de su transformación: de villa fluvial a capital principesca.
Desde finales del siglo XV, Dresde fue la residencia de los duques (y luego electores) de Sajonia de la línea albertina de los Wettin. Esa condición de capital de un Estado próspero, en el corazón de la Europa central, sentó las bases de su esplendor posterior. La ciudad creció en torno al castillo (Residenzschloss) y se fue dotando de murallas, iglesias y edificios de gobierno.
Durante el siglo XVI, Sajonia tuvo además un papel central en la Reforma protestante. La región fue cuna del luteranismo, y Dresde adoptó la fe reformada. La corte sajona se consolidó como una de las más importantes del Sacro Imperio Romano Germánico, y los electores de Sajonia llegaron a tener un peso político considerable, al formar parte del colegio que elegía al emperador.
El gran salto cultural y artístico, sin embargo, llegaría en el barroco, de la mano de uno de los gobernantes más célebres de la historia alemana: Augusto el Fuerte. Pero antes de eso, Dresde ya había acumulado riqueza, prestigio y una tradición de mecenazgo cortesano que la convertirían, en pocas décadas, en una de las ciudades más bellas de Europa.
El período más glorioso de Dresde está indisolublemente ligado a Augusto II de Sajonia, llamado 'Augusto el Fuerte' (Augustus der Starke), elector de Sajonia y, desde 1697, también rey de Polonia. Ambicioso, refinado y amante del lujo, Augusto soñó con convertir su capital en una metrópolis cultural a la altura de las grandes cortes europeas, y dedicó enormes recursos a embellecerla.
Bajo su reinado y el de su hijo Augusto III, Dresde vivió una explosión artística sin precedentes. Se levantaron el Zwinger, ese palacio-jardín barroco de galerías y pabellones que es una de las obras maestras del barroco europeo; se reconstruyó el Residenzschloss; se ampliaron las colecciones de arte que hoy llenan museos enteros; y se desarrolló la famosa porcelana de Meissen, la primera porcelana de pasta dura fabricada en Europa, nacida de los talleres que Augusto patrocinó. La ciudad se llenó de palacios, iglesias y obras de arte hasta merecer el sobrenombre de 'la Florencia del Elba'.
Uno de los símbolos de esa época es la Frauenkirche (Iglesia de Nuestra Señora), una monumental iglesia luterana coronada por una colosal cúpula de piedra, construida entre 1726 y 1743. Su silueta, junto a la de la Hofkirche católica y la del castillo, definió para siempre el perfil inconfundible de Dresde sobre el Elba. La ciudad barroca quedó inmortalizada en las famosas vedute (vistas urbanas) que pintó el artista Canaletto (Bernardo Bellotto) a mediados del siglo XVIII.
El episodio más trágico y conocido de la historia de Dresde ocurrió en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, la aviación aliada (la Royal Air Force británica y la United States Army Air Forces) lanzó una serie de bombardeos masivos sobre la ciudad. Las bombas incendiarias provocaron una tormenta de fuego que arrasó el centro histórico barroco y mató a decenas de miles de personas (las estimaciones más rigurosas hablan de unas 25.000 víctimas, tras años de cifras muy exageradas).
La Frauenkirche, que había resistido el calor del incendio durante dos días, terminó colapsando el 15 de febrero cuando sus pilares de arenisca, debilitados por las altísimas temperaturas, cedieron. El Zwinger, el castillo, la ópera Semperoper y prácticamente todo el corazón histórico de la 'Florencia del Elba' quedaron reducidos a ruinas. El bombardeo de Dresde se convirtió, por su magnitud y por el escaso valor militar de la ciudad en ese momento de la guerra, en uno de los episodios más discutidos y dolorosos del conflicto.
Durante la posguerra, las ruinas de la Frauenkirche se conservaron deliberadamente como monumento contra la guerra, mientras Dresde quedaba en la zona de ocupación soviética y, desde 1949, formaba parte de la República Democrática Alemana (RDA). La reconstrucción de la ciudad bajo el régimen comunista priorizó la vivienda y los edificios funcionales, aunque algunos monumentos emblemáticos, como el Zwinger y la Semperoper, fueron pacientemente reconstruidos.
Durante las cuatro décadas de la República Democrática Alemana, Dresde fue una importante ciudad industrial y cultural del Estado socialista. El régimen reconstruyó parte del patrimonio (la ópera Semperoper reabrió en 1985, exactamente cuarenta años después de su destrucción) y levantó nuevos barrios de viviendas prefabricadas, pero las ruinas de la Frauenkirche siguieron en pie como recordatorio.
La ciudad tenía una particularidad geográfica curiosa: encajonada en el valle del Elba, una parte de Dresde no recibía la señal de la televisión occidental, lo que le valió el apodo irónico de 'Tal der Ahnungslosen' (el 'valle de los que no se enteran' o 'valle de los ignorantes'). Aun así, Dresde fue uno de los focos de las manifestaciones pacíficas que, en el otoño de 1989, contribuyeron a la caída del régimen comunista y del Muro de Berlín.
Tras la reunificación alemana de 1990, Dresde volvió a ser la capital del estado federado (Land) de Sajonia y emprendió una de las reconstrucciones patrimoniales más espectaculares de Europa. El símbolo de ese renacimiento fue la Frauenkirche: reconstruida piedra por piedra entre 1994 y 2005, reutilizando miles de bloques originales recuperados de los escombros (que se distinguen por su color más oscuro en la fachada), volvió a coronar el perfil de la ciudad. Hoy, la iglesia reconstruida es un símbolo mundial de reconciliación y esperanza.
La Dresde reconstruida tras la reunificación recuperó plenamente su condición de gran capital cultural de Alemania. Sus museos —reunidos en las Staatliche Kunstsammlungen Dresden, las Colecciones Estatales de Arte— guardan tesoros como la 'Madonna Sixtina' de Rafael, en la Gemäldegalerie Alte Meister del Zwinger, y la deslumbrante Grünes Gewölbe (Bóveda Verde), una de las cámaras del tesoro más ricas de Europa, con las joyas y objetos preciosos acumulados por los electores sajones.
En 2004, la Unesco inscribió en la lista de Patrimonio Mundial el 'Valle del Elba de Dresde', reconociendo el conjunto del paisaje cultural a lo largo del río, con sus palacios, jardines, prados y la silueta barroca de la ciudad. Sin embargo, en 2009 la ciudad protagonizó un caso excepcional: la Unesco retiró ese título de Patrimonio Mundial tras la construcción del puente Waldschlösschen sobre el Elba, que en su opinión rompía la integridad del paisaje protegido. Dresde se convirtió así en uno de los poquísimos sitios del mundo que han perdido la condición de Patrimonio Mundial.
Más allá de esa polémica, Dresde sigue siendo una de las ciudades más visitadas y queridas de Alemania, un lugar donde el esplendor barroco renacido convive con la memoria de la destrucción y la reconstrucción. Pasear por la terraza Brühlsche Terrasse —el 'balcón de Europa'— mirando el Elba, con la Frauenkirche y el Zwinger a la espalda, es entender por qué a Dresde la siguen llamando la Florencia del Elba.