La historia de Bremen empieza con una cruz y una misión. Hacia el año 787, en tiempos de Carlomagno y de sus guerras para someter y cristianizar a los sajones, el monje frisón Willehad fue enviado a evangelizar la región del bajo Weser y nombrado primer obispo de Bremen. En aquel promontorio a orillas del río se levantó una primera catedral de madera, consagrada en el año 789. La empresa era peligrosa: los sajones paganos se resistían, y la iglesia primitiva fue destruida en una revuelta antes de ser reconstruida.
El verdadero salto llegó en el siglo IX. En el año 845, tras la destrucción de Hamburgo por los vikingos, el arzobispado de Hamburgo se unió al obispado de Bremen, y la ciudad se convirtió en sede del poderoso arzobispado de Hamburgo-Bremen, encargado de dirigir la misión cristiana en todo el norte de Europa: Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y las tierras del Báltico. Bajo arzobispos como Ansgar —el 'apóstol del Norte'— y, más tarde, Adalberto, Bremen llegó a ser uno de los grandes centros religiosos de la Europa septentrional, tanto que se la llegó a llamar la 'Roma del Norte'.
De aquella época procede el germen de la catedral de San Pedro (St. Petri Dom), que todavía preside la plaza del mercado. La ambición misionera de Bremen forjó su prestigio, pero el futuro de la ciudad no estaría en la Iglesia, sino en el comercio: su posición sobre el Weser, camino natural hacia el mar del Norte, la orientaba hacia el mar y los negocios.
Entre los siglos XII y XV, Bremen se transformó de sede episcopal en pujante ciudad mercantil, y esa transformación fue, en buena medida, una lucha por la libertad frente al poder de sus propios arzobispos. Los ciudadanos y comerciantes de Bremen fueron arrancando privilegios y autonomía a la autoridad eclesiástica, hasta gobernarse a sí mismos. El símbolo de esa independencia lo levantaron ellos mismos en piedra: en 1404 erigieron en la plaza del mercado la estatua del Roland, un caballero de más de diez metros de altura que empuña la 'espada de la justicia' y mira desafiante hacia la catedral, sede del arzobispo. El Roland representaba las libertades, los derechos de mercado y la jurisdicción propia de la ciudad, y todavía hoy una leyenda local sostiene que mientras siga en pie, Bremen seguirá siendo libre.
Poco después, entre 1405 y 1409, la ciudad construyó su Rathaus (ayuntamiento) gótico, otro gesto de orgullo cívico. La riqueza que hacía posible todo esto venía del comercio marítimo. Ya en 1260 Bremen figuraba entre las ciudades ligadas a la Liga Hanseática (Hanse), la gran confederación de urbes mercantiles del norte de Europa que dominó durante siglos el comercio del Báltico y el mar del Norte. Bremen, junto a Lübeck y Hamburgo, se contó entre sus plazas importantes, comerciando con paño, cereales, cerveza, pescado y materias primas de toda Europa.
La relación de Bremen con la Hanse fue intensa pero a veces conflictiva —la ciudad entró y salió de la Liga más de una vez—, pero de aquel pasado hanseático procede el carácter de Bremen: mercantil, sobrio, independiente y celoso de sus libertades. Ese orgullo quedó grabado en su nombre oficial, que conserva hasta hoy: 'Ciudad Libre Hanseática de Bremen' (Freie Hansestadt Bremen).
En la Edad Moderna, Bremen consolidó su condición de ciudad-estado autónoma. En 1646, el emperador Fernando III le concedió formalmente el estatus de ciudad libre imperial (Freie Reichsstadt), lo que la situaba directamente bajo la autoridad del emperador y le garantizaba el autogobierno, al margen de príncipes y arzobispos. Bremen defendería esa independencia con uñas y dientes a lo largo de los siglos siguientes, incluso frente a los intentos de Suecia y de otros poderes de someterla tras la Guerra de los Treinta Años.
Aquella época de prosperidad y orgullo cívico dejó su huella más bella en la arquitectura. Entre 1595 y 1612, el Rathaus gótico recibió una espectacular fachada nueva en el estilo del llamado 'Renacimiento del Weser' (Weserrenaissance), obra del arquitecto Lüder von Bentheim: una portada monumental cubierta de estatuas del emperador y los príncipes electores, relieves, arcos y ornamentos labrados en piedra arenisca. Es una de las obras cumbre del Renacimiento en Alemania y la razón principal por la que el Rathaus fue después distinguido por la Unesco.
La ciudad, mientras tanto, adoptó pronto la Reforma protestante y se convirtió en un baluarte del luteranismo y el calvinismo en el norte. Su comercio seguía creciendo, ahora mirando también al Atlántico: café, tabaco, azúcar y algodón empezaron a llegar por sus muelles. Pero un problema físico amenazaba su futuro: el Weser se estaba llenando de sedimentos y volviéndose cada vez menos navegable para los barcos grandes, que ya no podían remontar el río hasta la propia Bremen. La solución a ese problema, en el siglo XIX, cambiaría la historia de la ciudad.
En 1827, el burgomaestre de Bremen, Johann Smidt, compró a la vecina Hannover un terreno en la desembocadura del Weser, junto al mar del Norte, y fundó allí un nuevo puerto de aguas profundas: Bremerhaven ('puerto de Bremen'). Era la respuesta al problema del río cegado por los sedimentos: si los grandes barcos ya no podían llegar a Bremen, Bremen iría hasta el mar. La decisión resultó visionaria y transformó a la ciudad-estado en una potencia marítima.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, Bremerhaven se convirtió en uno de los mayores puertos de emigración de Europa. Desde sus muelles, compañías navieras como la Norddeutscher Lloyd —fundada en Bremen en 1857— transportaron a millones de personas rumbo a América. Se calcula que entre 1830 y 1974 partieron desde Bremen y Bremerhaven más de siete millones de emigrantes: alemanes empobrecidos, campesinos de Europa central y oriental, judíos que huían de la persecución, familias enteras que dejaban atrás el hambre y la falta de horizontes en busca de una vida nueva en Estados Unidos, Brasil, Argentina y otros destinos del Nuevo Mundo.
Aquella marea humana forma parte esencial de la identidad de Bremen y del origen de millones de familias hoy repartidas por América, muchas de ellas rioplatenses. La memoria de ese éxodo se conserva hoy en el Deutsches Auswandererhaus (Museo Alemán de la Emigración) de Bremerhaven, inaugurado en 2005, que reconstruye con enorme sensibilidad el viaje del emigrante: la angustia de la despedida en el muelle, el hacinamiento de la travesía en barco, la incertidumbre de la llegada a Ellis Island. Es uno de los mejores museos del mundo dedicados a la emigración y un lugar conmovedor para quien tenga raíces en aquella diáspora.
El siglo XX trajo a Bremen su capítulo más duro. Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial y la abdicación del káiser en 1918, una ola revolucionaria de inspiración soviética recorrió Alemania. En Bremen, obreros, marineros y soldados proclamaron en enero de 1919 la 'República Soviética de Bremen' (Bremer Räterepublik), un breve gobierno de consejos revolucionarios que apenas duró unas semanas: fue aplastado en febrero de 1919 por tropas gubernamentales y los Freikorps, con decenas de muertos. Fue un episodio menor pero significativo de la convulsa historia de la temprana República de Weimar.
Bajo el nazismo, a partir de 1933, Bremen sufrió como el resto de Alemania la persecución de opositores y, sobre todo, de su comunidad judía, despojada de sus derechos, expulsada y finalmente deportada y asesinada en el Holocausto. La ciudad, gran puerto e importante centro industrial —con astilleros, la fábrica de aviones Focke-Wulf y bases de submarinos—, se convirtió en un objetivo militar de primer orden.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Bremen fue duramente bombardeada por la aviación aliada en numerosos ataques. Amplias zonas del casco histórico y de los barrios residenciales quedaron destruidas o gravemente dañadas, y murieron miles de civiles. Por una fortuna notable, los dos grandes símbolos de la ciudad —el Rathaus y el Roland— sobrevivieron casi intactos a la destrucción, lo que permitió que el corazón histórico de Bremen conservara su alma. Tras la rendición de 1945, la ciudad quedó, junto a Bremerhaven, como un enclave de la zona de ocupación estadounidense dentro del norte controlado por los británicos, por su valor como puerto de abastecimiento.
Tras la guerra, Bremen conservó su histórico estatus de ciudad-estado. En la nueva República Federal de Alemania, fundada en 1949, la 'Ciudad Libre Hanseática de Bremen' —integrada por las ciudades de Bremen y Bremerhaven— se convirtió en uno de los dieciséis Länder (estados federados) del país, y sigue siendo el más pequeño de todos en superficie y población. Su parlamento, la Bürgerschaft, y su gobierno, el Senado presidido por un burgomaestre (Bürgermeister), mantienen viva una tradición de autogobierno que se remonta a la Edad Media.
La reconstrucción de la posguerra devolvió la vida al casco histórico, y rincones como el barrio Schnoor o la Böttcherstraße —de arquitectura expresionista de los años veinte— fueron cuidadosamente preservados y restaurados. El puerto siguió siendo el motor económico: hoy, Bremerhaven es uno de los mayores puertos de contenedores y de exportación de automóviles de Europa, y Bremen mantiene una fuerte industria, con la fábrica de Airbus, la de Mercedes-Benz y un importante polo aeroespacial (aquí se fabrican partes del cohete europeo Ariane).
En 2004, la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad el conjunto del Rathaus y el Roland, reconociendo su valor como testimonio del desarrollo de la autonomía cívica y del Sacro Imperio. Bremen es hoy una ciudad universitaria, culta y amable, orgullosa a la vez de su pasado hanseático y de su faceta más tierna: la de los Músicos de Bremen, esos cuatro animales del cuento de los Grimm que —aunque nunca llegaron a la ciudad— se convirtieron en su emblema más querido y en la primera imagen que a millones de personas les viene a la cabeza al oír el nombre de Bremen.