La historia de Berlín empieza, como tantas ciudades del norte de Europa, junto a un río y un vado. En el siglo XIII existían en realidad dos asentamientos gemelos a ambas orillas del río Spree: Cölln, en una isla del río (la actual Isla de los Museos), y Berlín, en la margen opuesta. La primera mención documental de Cölln data de 1237 y la de Berlín de 1244, por lo que se toma convencionalmente 1237 como la fecha del 'nacimiento' de la ciudad. Ambas localidades vivían del comercio fluvial y terrestre, en una región pantanosa y arenosa de la Marca de Brandeburgo.
El nombre 'Berlín' no tiene nada que ver con el oso (Bär) que figura en su escudo, pese a la creencia popular: los lingüistas lo asocian a una raíz eslava ('berl-' o 'birl-') que significaría 'pantano' o 'tierra seca en una zona húmeda', un recuerdo de los pueblos eslavos que habitaron la región antes de la colonización germánica. El oso del escudo es, más bien, un emblema heráldico parlante adoptado siglos después.
En 1307, Berlín y Cölln se unieron formalmente en una alianza para defender intereses comunes, primer paso de una larga fusión. Durante la Edad Media la ciudad creció modestamente como centro mercantil de Brandeburgo, integrada por un tiempo en la Liga Hanseática. Su gran salto llegaría cuando una poderosa dinastía la eligió como sede de su poder: los Hohenzollern.
En 1415, el emperador del Sacro Imperio concedió la Marca de Brandeburgo a la casa de Hohenzollern, que convirtió a Berlín-Cölln en su residencia. A partir de entonces la suerte de la ciudad quedó ligada a la de esta dinastía, que la fue transformando de modesto burgo mercantil en capital de un Estado cada vez más poderoso. La Reforma protestante llegó a Brandeburgo en el siglo XVI, y la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) golpeó duramente a la ciudad, que perdió buena parte de su población.
La recuperación vino de la mano del llamado 'Gran Elector', Federico Guillermo, que tras 1648 repobló Berlín, fortificó la ciudad y, sobre todo, acogió a miles de hugonotes franceses protestantes expulsados de Francia en 1685: estos refugiados aportaron oficios, comercio y cultura, y dejaron una huella duradera. En 1701, su hijo se coronó como Federico I, primer rey 'en' Prusia, y Berlín pasó a ser capital real. A lo largo del siglo XVIII, bajo Federico Guillermo I y sobre todo bajo Federico II 'el Grande', Prusia se convirtió en una gran potencia europea y Berlín en una capital de la Ilustración, con academias, palacios y bulevares como Unter den Linden.
De esa época monárquica datan muchos de los símbolos del Berlín histórico: la avenida Unter den Linden, la Puerta de Brandeburgo (terminada en 1791 como puerta de entrada a la ciudad), la Isla de los Museos y los grandes edificios neoclásicos. La ciudad real y la prusiana sentaron las bases de la metrópoli que vendría.
El 18 de enero de 1871, tras la victoria prusiana sobre Francia, se proclamó el Imperio alemán y el rey de Prusia Guillermo I fue coronado emperador (Káiser). Berlín se convirtió en la capital de la Alemania unificada, y con ello vivió una de sus mayores transformaciones. En las décadas siguientes la ciudad creció a un ritmo vertiginoso: la industrialización atrajo a cientos de miles de trabajadores, se tendieron ferrocarriles, se levantaron fábricas (Siemens, AEG) y la población se multiplicó hasta convertir a Berlín en una de las mayores urbes del mundo.
En 1894 se inauguró el Reichstag, sede del parlamento imperial, símbolo de la nueva potencia. La ciudad se dotó de tranvías, alcantarillado moderno, grandes almacenes, una vida cultural y científica intensa, y barrios obreros densísimos. En 1920, la 'Gran Berlín' (Groß-Berlin) absorbió numerosos municipios y localidades vecinas, multiplicando su superficie y su población hasta superar los cuatro millones de habitantes, lo que la convirtió en la tercera ciudad más grande del mundo.
La derrota en la Primera Guerra Mundial y la abdicación del Káiser en 1918 abrieron paso a la República de Weimar, proclamada en Berlín. Los años veinte convirtieron a la ciudad en un hervidero cultural —los 'Años Dorados'—, capital del cine, el cabaret, las vanguardias artísticas, el teatro de Brecht y la ciencia de Einstein. Pero esa efervescencia convivía con una enorme tensión política y social que terminaría desembocando en la tragedia.
En enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller, y Berlín, capital del Reich, se convirtió en el centro del poder nazi. El régimen marcó la ciudad con su propaganda, sus desfiles y sus crímenes: el incendio del Reichstag en 1933 sirvió de pretexto para suspender libertades; en 1936 los Juegos Olímpicos buscaron mostrar al mundo una fachada de esplendor; y en noviembre de 1938 la 'Noche de los Cristales Rotos' (Kristallnacht) desató la violencia abierta contra la población judía. Berlín, que había tenido una de las mayores comunidades judías de Europa, fue escenario de persecución, deportaciones y exterminio, una herida que la ciudad recuerda hoy con numerosos memoriales.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Berlín fue blanco de intensos bombardeos aliados que destruyeron barrios enteros. El final llegó con la Batalla de Berlín, en abril y mayo de 1945: el Ejército Rojo soviético cercó y tomó la ciudad en combates feroces, calle por calle. Hitler se suicidó en su búnker el 30 de abril de 1945, y el 2 de mayo la guarnición se rindió. Pocos días después, el 8 de mayo, Alemania capitulaba.
La Berlín que emergió de la guerra era un mar de ruinas. Gran parte de su patrimonio histórico había quedado arrasado, su población se había desplomado y la ciudad afrontaba el hambre y el frío. Sobre ese paisaje devastado se dibujaría enseguida una nueva fractura, esta vez geopolítica, que marcaría la segunda mitad del siglo XX: la división del mundo en dos bloques.
Tras la derrota nazi, las potencias vencedoras dividieron Alemania y Berlín en cuatro sectores de ocupación (estadounidense, británico, francés y soviético). La ciudad quedó en una situación insólita: aunque enclavada en plena zona soviética, su mitad occidental quedó bajo control aliado occidental. Las tensiones estallaron pronto: en 1948-1949, la Unión Soviética bloqueó los accesos terrestres a Berlín Oeste, y los aliados respondieron con el legendario 'puente aéreo' que abasteció la ciudad por aire durante casi un año.
Con la fundación de las dos Alemanias en 1949, Berlín Este se convirtió en capital de la República Democrática Alemana (RDA, comunista) y Berlín Oeste en un enclave de la República Federal (RFA), rodeado por territorio del Este. Durante años, miles de personas huyeron del Este al Oeste a través de Berlín. Para frenar esa sangría, en la madrugada del 13 de agosto de 1961 el régimen de la RDA empezó a levantar el Muro de Berlín, que partió la ciudad en dos durante 28 años. El Muro, con su 'franja de la muerte', sus torres de vigilancia y sus víctimas mortales, se convirtió en el símbolo más visible de la Guerra Fría y de la división del mundo.
La caída del Muro, el 9 de noviembre de 1989, fue uno de los acontecimientos más emocionantes del siglo XX. Empujado por las protestas pacíficas en el Este y la crisis del bloque soviético, el régimen anunció esa noche la apertura de las fronteras, y miles de berlineses treparon y derribaron el Muro entre lágrimas y celebraciones. Aquel momento abrió el camino a la reunificación alemana.
El 3 de octubre de 1990, menos de un año después de la caída del Muro, Alemania se reunificó formalmente y Berlín fue designada de nuevo capital del país unido. En 1991, el Bundestag (parlamento) decidió trasladar la sede del gobierno y del parlamento de Bonn a Berlín, proceso que culminó a fines de la década de 1990 con el regreso del parlamento al renovado Reichstag, coronado por la célebre cúpula de cristal del arquitecto Norman Foster, inaugurada en 1999.
Las tres décadas siguientes transformaron a Berlín en una de las ciudades más dinámicas y creativas de Europa. La antigua 'franja de la muerte' del Muro se convirtió en bulevares, parques y barrios; la Potsdamer Platz, que había sido tierra de nadie entre los dos bloques, renació como un moderno distrito de rascacielos; y la ciudad se llenó de museos, galerías, espacios alternativos, vida nocturna y una escena cultural vibrante que atrajo a artistas y jóvenes de todo el mundo. Memoriales como el del Holocausto, el East Side Gallery (el tramo de Muro pintado por artistas) o el Checkpoint Charlie convirtieron a la propia historia de la ciudad en parte de su identidad y de su oferta cultural.
Hoy Berlín es la capital de Alemania y de su mayor estado-ciudad, una metrópoli de más de tres millones y medio de habitantes, multicultural, abierta y en perpetua reinvención. Pocas ciudades llevan su historia tan a flor de piel: el viajero camina entre las cicatrices del siglo XX y la energía de una ciudad que hizo de su pasado dividido un motivo de memoria, libertad y creatividad.