Valbona se esconde en uno de los rincones más remotos y bravos de Albania: la comarca de Tropoja, en el extremo noreste del país, encajada entre los Alpes albaneses y las fronteras de Montenegro y Kosovo. Durante siglos, este valle glaciar recorrido por el río Valbona, rodeado de picos calizos que superan los 2.500 metros —con el Maja Jezerca, techo de los Alpes dináricos, dominando el paisaje—, permaneció aislado del resto del país, accesible solo por sendas de montaña y, mucho después, por la difícil vía del lago del Drin.
Como Theth, al otro lado del gran paso de montaña, Valbona fue tierra de tribus montañesas (fis), pastores y guerreros de una fuerte identidad, que vivían de la ganadería de altura, la trashumancia y los huertos, en un entorno tan hermoso como severo, con inviernos que sepultaban el valle bajo la nieve y lo cortaban del mundo durante meses. La comarca de Tropoja tuvo fama de ser una de las más indómitas y aguerridas de Albania.
A diferencia de la católica Theth, la región de Tropoja fue mayoritariamente musulmana, fruto de una islamización más profunda durante los siglos otomanos, aunque conservó, como todo el norte, la fuerza de las estructuras tribales y del código de honor por encima de la religión. Esa mezcla de comunidades de distinta fe pero de idéntica cultura montañesa es uno de los rasgos de los Alpes albaneses.
Para comprender Valbona y toda la región de Tropoja hay que conocer el Kanun, el severo código de leyes consuetudinarias que rigió durante siglos la vida de las montañas del norte de Albania. Transmitido oralmente y atribuido tradicionalmente al príncipe medieval Lekë Dukagjini, el Kanun regulaba con enorme detalle la familia, la propiedad, el matrimonio, el trabajo y, sobre todo, el honor. Ante la casi total ausencia del Estado en estos valles remotos, era la ley real, respetada y temida.
Dos pilares del Kanun marcaron la vida de estas montañas. Uno es la 'besa', la palabra dada, y la hospitalidad sagrada: el huésped, aun siendo un extraño o un enemigo, quedaba bajo la protección total del anfitrión, que debía defenderlo con su vida. El otro, mucho más sombrío, es la 'gjakmarrja', la venganza de sangre: un homicidio obligaba por honor a la familia de la víctima a vengarse, desencadenando ciclos de muerte que podían enfrentar a clanes durante generaciones. Este mundo de honor, hospitalidad y violencia reglada perduró en Tropoja y en todo el norte hasta bien entrado el siglo XX.
La dureza de la vida, el aislamiento y la lógica del Kanun forjaron comunidades orgullosas, hospitalarias hasta el sacrificio y desconfiadas de todo poder exterior, ya fuera otomano, serbio o, más tarde, del propio Estado albanés. Esa herencia cultural, con su cara luminosa —la hospitalidad legendaria de los Alpes— y su cara trágica, sigue latiendo bajo el turismo actual del valle.
Bajo el Imperio otomano, que dominó Albania durante casi cinco siglos, las montañas de Tropoja mantuvieron, como buena parte del norte, un alto grado de autonomía de hecho, protegidas por lo abrupto del terreno y por el carácter de sus habitantes. El poder otomano se ejercía de forma indirecta, y las tribus conservaron sus estructuras, su Kanun y sus armas, participando a la vez en la vida militar y política del Imperio y en las resistencias contra él.
Con el declive otomano, el despertar nacional albanés (Rilindja) y las guerras balcánicas, la región vivió las convulsiones que llevaron a la independencia de Albania en 1912. Pero el noreste, fronterizo con los territorios que serían Kosovo y Montenegro, quedó en una zona especialmente disputada y sangrienta: las guerras balcánicas, la Primera Guerra Mundial y los conflictos de frontera enfrentaron a albaneses, serbios y montenegrinos por estas montañas, y la población de Tropoja, ligada por lengua y parentesco a los albaneses de Kosovo, sufrió con dureza aquellos años de violencia y desplazamientos.
En el periodo de entreguerras, bajo el reino de Zog —él mismo originario de la vecina región de Mati, en el norte—, Tropoja siguió siendo una comarca remota y aguerrida, con su vida tribal y su economía de montaña casi intactas. La Segunda Guerra Mundial trajo la ocupación italiana y alemana y una intensa actividad partisana y de resistencia en estas montañas, de la que saldría, victorioso, el movimiento comunista de Enver Hoxha.
El régimen comunista de Enver Hoxha (1944-1991) transformó la vida de Valbona y Tropoja, como la de toda Albania. El Estado llevó a estas montañas cierta modernización —caminos, escuelas, electricidad, cooperativas ganaderas— e intentó someter la vieja cultura tribal y el Kanun al control absoluto del partido. La venganza de sangre fue perseguida y castigada con dureza, y las estructuras de clan, debilitadas por la fuerza. La represión política fue especialmente severa en una región de fuerte identidad y difícil de controlar; Tropoja, además, fue vista con desconfianza por su cercanía y sus lazos con Kosovo, entonces en la Yugoslavia rival.
Como en todo el país, la persecución religiosa fue brutal. En 1967, la dictadura declaró a Albania el primer Estado oficialmente ateo del mundo, prohibió todos los cultos y cerró y destruyó mezquitas e iglesias. Para las comunidades musulmanas y católicas de las montañas del norte, aquello significó la clandestinidad forzosa de una fe profundamente arraigada en su identidad.
El aislamiento del régimen, que rompió con Yugoslavia, la URSS y China y encerró al país en una autarquía paranoica, mantuvo Valbona y Tropoja apartadas del mundo, pobres pero con su paisaje y su cultura montañesa en buena parte preservados. La construcción de la presa y el embalse del Drin, que creó el lago de Koman, dotó paradójicamente a la región de su futura y espectacular vía de acceso: el ferry que hoy fascina a los viajeros surca un lago nacido de aquella obra comunista.
La caída del comunismo en 1990-1991 abrió Valbona al mundo, pero también desató una crisis profunda. La pobreza extrema, el colapso de las cooperativas y la apertura de fronteras provocaron un éxodo masivo: miles de habitantes de Tropoja emigraron a Tirana, a otros países o cruzaron a Kosovo, con el que la región mantiene lazos estrechísimos. La insurrección de 1997, tras el derrumbe de los esquemas piramidales financieros, sumió al norte en el caos y las armas, y la cercana guerra de Kosovo (1998-1999) convirtió a Tropoja en zona de paso de refugiados y de la guerrilla, en años de gran tensión. Muchos pueblos de montaña quedaron semivacíos.
El renacer llegó en el siglo XXI de la mano del turismo de naturaleza. La belleza sobrecogedora del valle de Valbona, la fama creciente del trekking del paso entre Valbona y Theth, la travesía en ferry por el lago de Koman —considerada uno de los viajes en barco más bellos de Europa— y la inclusión de la zona en la ruta transfronteriza 'Peaks of the Balkans', que une Albania, Kosovo y Montenegro, pusieron a Valbona en el mapa del excursionismo internacional. Las familias reconvirtieron sus casas en guesthouses, y el valle pasó del abandono a recibir a caminantes de todo el mundo.
Ese éxito trae prosperidad, pero también tensiones: la presión turística, y sobre todo la amenaza de proyectos hidroeléctricos sobre el río Valbona, que han movilizado a vecinos y ecologistas en defensa de uno de los últimos ríos salvajes de Europa dentro de un parque nacional. El reto de Valbona es crecer sin sacrificar lo que la hace única: el río turquesa, los picos calizos, la hospitalidad heredada del Kanun y la sensación de estar en un confín verdadero, uno de los rincones más salvajes y hermosos de todo el continente.