A diferencia de otras capitales europeas de raíces milenarias, Tirana es una ciudad relativamente joven. La zona estuvo habitada desde antiguo —hubo asentamientos ilirios y presencia romana en la llanura entre el monte Dajti y el mar—, pero la ciudad como tal nace en plena época otomana. La fecha que la tradición fija como su fundación es 1614, cuando el noble otomano de origen albanés Sulejman Pasha Bargjini mandó construir en el cruce de caminos existente una mezquita, un hamam (baño turco) y una panadería, el núcleo alrededor del cual empezó a crecer un pequeño mercado.
Durante los siglos siguientes, Tirana fue una modesta localidad comercial del Imperio otomano, un punto de paso entre el interior montañoso y la costa adriática, con sus caravanserais, sus bazares y sus mezquitas. No tenía la importancia de otras ciudades albanesas más antiguas y prestigiosas como Shkodra, Berat, Gjirokastra o la propia Durrës, con su pasado grecorromano. Era un centro agrícola y artesanal más entre los muchos de la región.
El origen del nombre 'Tirana' no está del todo aclarado y ha dado lugar a varias hipótesis. Se lo ha vinculado con la palabra 'Tirkan', el nombre de una fortaleza en las laderas del Dajti, y con distintas raíces locales. Lo que sí es seguro es que, hasta bien entrado el siglo XX, nadie habría imaginado que aquella pequeña ciudad de mercado terminaría convertida en la capital de un Estado independiente.
El gran salto en la historia de Tirana llegó en el siglo XX, con el nacimiento del Estado albanés moderno. Albania había declarado su independencia del Imperio otomano en 1912, en plena descomposición de la presencia turca en los Balcanes. Tras años de inestabilidad, ocupaciones y disputas por sus fronteras, en 1920 el Congreso de Lushnjë proclamó a Tirana capital provisional del país, una decisión que se hizo definitiva poco después. La elección respondía en buena medida a su posición central, equidistante de las distintas regiones y lejos de las fronteras más disputadas.
Convertida de golpe en capital, la pequeña ciudad de mercado necesitaba una cara acorde a su nueva función. Buena parte de su fisonomía monumental se diseñó en las décadas de 1920 y 1930, con una fuerte influencia italiana. Bajo el rey Zog I y, sobre todo, durante la creciente injerencia de la Italia fascista de Mussolini —que ocupó Albania en 1939—, arquitectos italianos trazaron el eje monumental que todavía hoy organiza el centro: el bulevar que va desde la plaza Skanderbeg hacia el sur, flanqueado por edificios oficiales de estilo racionalista italiano, muchos de los cuales siguen siendo ministerios y sedes del Estado.
La Segunda Guerra Mundial golpeó duramente a Albania, ocupada primero por la Italia fascista y luego por la Alemania nazi. En las montañas del país se organizó una resistencia partisana de fuerte componente comunista, liderada por Enver Hoxha, que fue ganando terreno. En noviembre de 1944, los partisanos entraron en Tirana y liberaron la ciudad. Ese triunfo abrió, sin embargo, uno de los capítulos más duros de la historia del país.
Desde el final de la guerra hasta 1985, Albania vivió bajo el régimen comunista de Enver Hoxha, uno de los más cerrados y represivos de toda Europa. Hoxha gobernó el país durante cuatro décadas al frente del Partido del Trabajo de Albania, imponiendo un modelo estalinista rígido que fue rompiendo, uno tras otro, con casi todos sus aliados: primero con la Yugoslavia de Tito, luego con la Unión Soviética tras la desestalinización, y finalmente con la China de Mao en los años setenta. El resultado fue un aislamiento internacional casi total y una economía cada vez más empobrecida.
La capital fue el escenario central de ese régimen. En Tirana se levantaron los grandes edificios oficiales del poder comunista, se organizaron los desfiles y se concentró el aparato del Estado. El control sobre la población era asfixiante: la policía política, la Sigurimi, mantenía una red de vigilancia, informantes y escuchas que alcanzaba todos los rincones de la vida cotidiana; miles de personas fueron encarceladas, enviadas a campos de trabajo, internadas o ejecutadas por motivos políticos, y las fronteras estaban selladas: intentar huir del país podía costar la vida. En 1967, el régimen declaró a Albania el 'primer Estado ateo del mundo', clausuró y destruyó iglesias y mezquitas y persiguió toda práctica religiosa.
Dos elementos se volvieron símbolos de aquella época. Uno son los búnkeres: obsesionado con una posible invasión, el régimen ordenó construir cientos de miles de pequeñas cúpulas de hormigón por todo el territorio, muchas de las cuales siguen en pie. El otro es el barrio Blloku de Tirana, la zona cerrada y vigilada donde vivían Hoxha y la cúpula del Partido, prohibida para el ciudadano común. Hoxha murió en 1985 y lo sucedió Ramiz Alia, pero el sistema ya estaba agotado. Hoy, museos como Bunk'Art y la Casa de las Hojas cuentan con sobriedad y rigor aquel período, para que no se olvide.
El final del comunismo albanés llegó, con retraso respecto al resto de Europa del Este, a comienzos de los años noventa. En 1990 y 1991, las protestas estudiantiles y populares —muchas de ellas concentradas en Tirana— forzaron la apertura política y el fin del régimen de partido único. Una imagen quedó grabada como símbolo de aquel cambio: el derribo, en 1991, de la enorme estatua dorada de Enver Hoxha que presidía la plaza Skanderbeg, arrastrada por una multitud. Albania celebró sus primeras elecciones pluripartidistas y comenzó una transición difícil hacia la democracia y la economía de mercado.
Los años que siguieron fueron caóticos. El país, empobrecido y sin instituciones sólidas, se abrió de golpe al mundo. Miles de albaneses emigraron, sobre todo a la vecina Italia y a Grecia. En 1997, el colapso de una serie de esquemas piramidales financieros —en los que buena parte de la población había invertido sus ahorros— desató una grave crisis social y un estallido de violencia que llevó al país al borde de la guerra civil y obligó a una intervención internacional. Fue uno de los momentos más duros de la Albania poscomunista.
Tirana, mientras tanto, crecía de forma explosiva y descontrolada. La libertad de circulación y la falta de planificación provocaron una llegada masiva de población desde el campo y la construcción de barrios enteros sin apenas control urbanístico. La ciudad se expandió, se llenó de coches y de edificios improvisados, y perdió gran parte de sus espacios verdes. A finales de los noventa, la capital era una urbe caótica, gris y saturada, muy lejos de la ciudad ordenada que sus habitantes deseaban.
El giro que dio a Tirana su fisonomía actual tiene un nombre propio: Edi Rama. Artista plástico de formación, Rama fue elegido alcalde de la ciudad en el año 2000 y puso en marcha una idea tan sencilla como llamativa: pintar las fachadas grises de los edificios comunistas con colores vivos —rojos, naranjas, turquesas, patrones geométricos—. La medida, muy comentada dentro y fuera del país, buscaba devolver la vida y el orgullo a una ciudad deprimida, y se convirtió en la imagen de marca de la nueva Tirana. Rama impulsó además la demolición de construcciones ilegales junto al río y la recuperación de espacios públicos, y años más tarde llegaría a primer ministro de Albania.
Desde entonces, la capital no ha dejado de transformarse. Se peatonalizó y remodeló la gran plaza Skanderbeg; se recuperó la Pirámide de Hoxha, el excéntrico edificio brutalista de 1988, reconvertida en 2023 en un centro tecnológico y cultural para jóvenes; se abrieron museos que afrontan el pasado sin maquillarlo, como Bunk'Art y la Casa de las Hojas; y el barrio Blloku, antes prohibido, se convirtió en el corazón de la vida nocturna y gastronómica. La ciudad sigue siendo caótica y desigual, con un urbanismo discutido y una fiebre constructora que no se detiene, pero también vibrante y llena de energía.
Hoy Tirana es una capital joven, de las más económicas de Europa, que atrae a un número creciente de viajeros curiosos por su historia singular. En pocas décadas pasó de ser la ciudad cerrada de una de las dictaduras más aisladas del continente a una metrópoli abierta, contradictoria y colorida. Recorrer sus plazas, sus búnkeres-museo y sus cafés es, en el fondo, recorrer en pocas cuadras toda la accidentada historia de la Albania del último siglo.