Mucho antes de convertirse en la ciudad balnearia de hoy, el lugar donde se asienta Sarandë fue un puerto de la Antigüedad. En esta bahía del mar Jónico, frente a la isla de Corfú, existió la ciudad grecorromana de Onchesmos (u Onchesmus), que servía de puerto a la región y al vecino territorio de Butrint. Su posición era privilegiada: el punto de la costa continental más cercano a Corfú, un paso natural para el tráfico marítimo entre el Adriático, el Jónico y el mundo griego.
Onchesmos aparece mencionada en fuentes antiguas —el propio Cicerón alude a los vientos de Onchesmos en su correspondencia— como escala en las rutas que unían Italia y Grecia. Fue un puerto activo en época helenística y romana, ligado a la próspera Butrint, la gran ciudad de la zona. De aquel pasado quedan restos arqueológicos en el actual centro de Sarandë, aunque en buena parte ocultos bajo la ciudad moderna. Uno de los hallazgos más valiosos es la llamada sinagoga-basílica: los restos de un edificio religioso paleocristiano con mosaicos, levantado sobre una sinagoga de época romana, testimonio de la diversidad de comunidades que habitaron el puerto en la Antigüedad tardía.
En época paleocristiana y bizantina, la localidad ganó un carácter religioso que acabaría dándole su nombre actual. Se levantó aquí un importante monasterio dedicado a los 'Cuarenta Santos Mártires' (en griego, Agioi Saranta), soldados cristianos martirizados según la tradición. De 'Saranta' —'cuarenta' en griego— deriva el nombre de la ciudad: Sarandë. Aquel monasterio, hoy en ruinas en una colina sobre la bahía, es el origen del topónimo que ha llegado hasta nuestros días.
Como todo el sur de la actual Albania, la región de Sarandë vivió durante la Edad Media bajo la órbita del Imperio bizantino, en una zona de frontera cultural entre el mundo griego y el latino, y de fuerte impronta ortodoxa. La costa jónica, con sus puertos y su cercanía a Corfú, fue disputada por las potencias que se repartían el Adriático y el Jónico tras el declive bizantino.
A partir de los siglos XIV y XV, la República de Venecia extendió su control sobre buena parte de estas costas y sobre la vecina Corfú, mientras el Imperio otomano avanzaba imparable por los Balcanes. En el siglo XVI, ya bajo dominio otomano el continente, el sultán Solimán el Magnífico ordenó construir en la colina sobre la bahía el castillo de Lëkurësi, precisamente para controlar la costa y vigilar el paso hacia la Corfú veneciana, con la que los otomanos rivalizaban. Aquella fortaleza, hoy uno de los grandes miradores de Sarandë, nació con una función militar y estratégica.
Durante los siglos otomanos, la zona de Sarandë fue un territorio rural y de pequeños puertos, marcado por la convivencia y las tensiones entre comunidades, y por la cercanía de la frontera con el mundo griego. La región del sur, con su población en parte de habla y cultura griega, quedaría en el centro de las disputas fronterizas entre Albania y Grecia cuando, ya en el siglo XX, se dibujaran los límites de los Estados modernos.
Con la independencia de Albania en 1912 y el trazado de las fronteras en los años siguientes, Sarandë y el sur quedaron dentro del nuevo Estado albanés, pese a las reclamaciones griegas sobre la región, que Atenas denominaba 'Epiro del Norte'. Esa tensión fronteriza, con una minoría de habla griega en la zona, marcaría buena parte del siglo XX. Durante un tiempo, en el período de entreguerras, la ciudad llegó a llamarse Santi Quaranta, versión italiana de su nombre, reflejo de la influencia italiana en la Albania de aquellos años.
La Segunda Guerra Mundial golpeó la región: Albania fue ocupada por la Italia fascista —que la usó como base en su fallida invasión de Grecia en 1940— y luego por la Alemania nazi, con combates y destrucción en el sur. Tras la guerra y la victoria de los partisanos comunistas, Sarandë quedó integrada en la Albania de Enver Hoxha, y su nombre y su desarrollo cambiaron de rumbo.
Bajo el régimen comunista (1944-1991), Sarandë tuvo una doble condición. Por un lado, su posición frente a Corfú, en plena frontera con la Grecia capitalista y miembro de la OTAN, la convirtió en zona sensible y militarizada, salpicada de búnkeres como todo el país. Por otro, el régimen la desarrolló como centro turístico para los trabajadores albaneses, con hoteles y sanatorios frente al mar. Fue en esas décadas cuando la pequeña localidad empezó a crecer como ciudad de vacaciones, aunque dentro del aislamiento y las carencias de la Albania comunista.
Tras la caída del comunismo en 1991, Sarandë vivió, como todo el sur, los convulsos años noventa —incluidos los graves disturbios de 1997 tras el colapso de los esquemas piramidales— y luego un crecimiento turístico acelerado. La apertura del país, la belleza de la costa jónica y la cercanía de Corfú y de las ruinas de Butrint la convirtieron en la principal ciudad balnearia del sur de Albania y en la puerta de entrada de la Riviera. La construcción se disparó, a menudo de forma caótica, llenando la ladera sobre la bahía de edificios y hoteles.
Hoy, Sarandë es una ciudad viva y bulliciosa, sobre todo en verano, cuando su largo paseo marítimo se llena de veraneantes albaneses e internacionales, de cafés, restaurantes de pescado y vida nocturna. Es la base natural para descubrir las joyas del sur: Butrint, Patrimonio de la Humanidad, a un paso; las playas turquesa de Ksamil; el Ojo Azul; el castillo de Lëkurësi con sus atardeceres sobre Corfú; y la Riviera de calas y pueblos blancos que se extiende hacia el norte. El ferry a Corfú la conecta cada día con Grecia.
Sarandë resume bien el sur albanés: una historia antigua que se remonta al puerto grecorromano de Onchesmos y al monasterio de los Cuarenta Santos, capas bizantinas, venecianas y otomanas, la huella del siglo XX comunista y fronterizo, y un presente volcado en el turismo de sol, mar Jónico y patrimonio. Con sus luces y sus sombras —el crecimiento desordenado, la masificación estival—, sigue siendo el gran campamento base para explorar uno de los rincones más bellos de Albania.