Pocas ciudades antiguas nacen envueltas en tanto mito como Butrint. El poeta romano Virgilio la inmortalizó en la Eneida al hacer de ella una 'pequeña Troya': según el relato, el héroe troyano Eneas, huido tras la caída de Troya, desembarca aquí y encuentra a Héleno y Andrómaca —viuda de Héctor— reinando sobre una ciudad que reproduce en miniatura la Troya perdida, con su propia puerta Escea y su río Simois. Ese vínculo literario dio a Butrint un prestigio enorme en el mundo romano, que la veía como una reliquia viva de los orígenes troyanos de Roma.
Detrás del mito hay una historia real igual de fascinante. La ciudad fue fundada por los caonios, una tribu del Epiro de cultura griega, hacia el siglo VII a.C., con el nombre de Bouthroton. Su posición era privilegiada: una península fácil de defender, rodeada de agua, con un puerto natural y una laguna riquísima en pesca, en la ruta marítima entre Grecia e Italia y frente a la isla de Corfú. Pronto se convirtió en un importante centro y en sede de un célebre santuario dedicado a Asclepio, el dios griego de la medicina y la curación.
Ese santuario fue el motor de la prosperidad de Butrint. Peregrinos de toda la región acudían buscando sanación, y las ofrendas enriquecieron la ciudad, que en el siglo IV y III a.C. levantó su recinto amurallado de grandes bloques, el teatro helenístico junto al santuario y numerosos edificios públicos. Las inscripciones grabadas en los muros del teatro, que registran la liberación de esclavos, son hoy una fuente valiosísima para conocer la vida social de la antigua Butrint.
La órbita de Roma alcanzó a Butrint en el siglo II a.C., cuando el Epiro quedó bajo control romano. La ciudad conservó su importancia, y en el siglo I a.C. su destino se ligó a los grandes nombres de la República: el intelectual Tito Pomponio Ático, amigo de Cicerón, tenía aquí extensas propiedades, y la correspondencia entre ambos menciona los asuntos de Butrint. Julio César, tras sus campañas, dispuso el asentamiento de veteranos y colonos, y la ciudad fue refundada como colonia romana, un estatus que el emperador Augusto confirmó y potenció tras su victoria en la cercana batalla de Actium (31 a.C.), decisiva para el nacimiento del Imperio.
Bajo Roma, Butrint vivió una edad de esplendor. Se construyeron un foro, termas con mosaicos, un acueducto que traía agua desde el continente cruzando la laguna, ninfeos, villas suntuosas y ampliaciones del teatro. La ciudad creció más allá de la península, sobre la llanura vecina, y se convirtió en un próspero puerto comercial del Adriático y el Jónico. De esta época proceden algunas de las esculturas más célebres del yacimiento, como la llamada 'Diosa de Butrint', una cabeza de mármol de gran belleza hoy conservada en el museo de Tirana.
El agua, siempre presente, fue a la vez la riqueza y la amenaza de Butrint: las mismas lagunas que la alimentaban de peces provocaban inundaciones y hacían subir el nivel freático. A lo largo de los siglos, la ciudad tuvo que adaptarse una y otra vez a un entorno cambiante, elevando construcciones y reforzando defensas contra el agua.
Con la cristianización del Imperio y la partición entre Oriente y Occidente, Butrint pasó a formar parte del mundo bizantino y se convirtió en una ciudad episcopal, sede de un obispo. A esta época, sobre todo a los siglos V y VI d.C., pertenecen algunos de sus monumentos más admirados: el Gran Baptisterio, una construcción circular con un magnífico pavimento de mosaico —uno de los más grandes y bellos del cristianismo primitivo, poblado de aves, peces y motivos vegetales cargados de simbolismo—, y una gran basílica paleocristiana levantada junto a las murallas.
Butrint bizantina fue una ciudad fortificada de frontera, disputada y golpeada por las convulsiones del Imperio: incursiones de pueblos bárbaros, terremotos, epidemias y el lento avance del agua sobre sus barrios bajos. Aun así, mantuvo su condición de plaza estratégica y de sede religiosa durante siglos. Las murallas se reforzaron una y otra vez, superponiendo la fábrica bizantina a la romana y a la griega, en ese apilamiento de épocas que hoy hace tan singular al yacimiento.
En la Baja Edad Media, la ciudad fue cambiando de manos entre bizantinos, normandos del sur de Italia, el despotado de Epiro, los angevinos de Nápoles y otros poderes que se disputaban el estrecho de Corfú. Cada dominación dejó su marca en las defensas y en la trama urbana de una Butrint cada vez más reducida, replegada sobre su acrópolis a medida que el agua y la malaria ganaban terreno en las tierras bajas.
En 1386, la República de Venecia compró Butrint junto con Corfú, e incorporó la ciudad y su laguna a su imperio marítimo. Para los venecianos, Butrint valía sobre todo por su posición defensiva frente a Corfú y por la riqueza de su pesquería: las lagunas producían mejillones, anguilas y pescado que abastecían a la vecina isla. Venecia levantó un castillo sobre la antigua acrópolis —el mismo que hoy alberga el museo—, reforzó las defensas y construyó junto al canal de Vivari una torre para vigilar el paso y proteger la valiosa pesca. Pero la ciudad, minada por la malaria y las inundaciones, ya no era más que una posición fortificada con una población menguante.
Tras siglos de dominio veneciano y del breve paso de Francia y de otros poderes en las guerras napoleónicas, la zona cayó a comienzos del siglo XIX en manos de Alí Pasha de Tepelena, el astuto y despiadado gobernador otomano semiindependiente que dominó el sur de Albania y el noroeste de Grecia desde su corte de Janina. Alí Pasha mandó construir, en la boca del canal de Vivari, una pequeña fortaleza triangular que todavía se conserva, para controlar el acceso y la pesca. Fue el último capítulo de vida militar de Butrint: tras la caída de Alí Pasha en 1822, la ciudad quedó definitivamente abandonada, tragada por el bosque, las cañas y las lagunas, olvidada durante un siglo.
Durante generaciones, Butrint fue apenas un topónimo y un montón de ruinas cubiertas de vegetación que solo conocían los pescadores locales. La 'pequeña Troya' de Virgilio dormía bajo la maleza, esperando ser redescubierta.
El renacer de Butrint empezó en la década de 1920, cuando el arqueólogo italiano Luigi Maria Ugolini llegó al lugar al frente de una misión enviada por la Italia de Mussolini, que buscaba en el Mediterráneo las raíces 'romanas' de su imperialismo. Entre 1928 y su muerte en 1936, Ugolini desenterró el teatro, el santuario de Asclepio, las murallas, la Puerta del León y buena parte de la ciudad antigua, y sacó a la luz esculturas notables como la 'Diosa de Butrint'. Pese a la carga política de aquellas excavaciones, el trabajo de Ugolini reveló al mundo la extraordinaria riqueza del yacimiento.
Tras la Segunda Guerra Mundial, bajo el régimen comunista de Enver Hoxha, las excavaciones continuaron con arqueólogos albaneses, y Butrint fue presentada como un símbolo de la Antigüedad nacional. Con la caída del comunismo en los años noventa y la apertura del país, el sitio quedó expuesto a saqueos y abandono en medio del caos, pero también atrajo la atención internacional. La creación de la Butrint Foundation, con apoyo británico, y la colaboración con el Estado albanés permitieron nuevas y rigurosas campañas de excavación y conservación.
En 1992, la Unesco inscribió Butrint en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor excepcional como testimonio de sucesivas civilizaciones mediterráneas; más tarde se amplió la protección al entorno natural, un humedal de importancia internacional (sitio Ramsar) lleno de aves, tortugas y biodiversidad. Hoy Butrint es a la vez parque arqueológico y parque nacional: una ciudad muerta de veintiséis siglos envuelta en un bosque vivo, uno de los grandes tesoros de Albania y de todo el Mediterráneo, donde se puede caminar, en una sola tarde, sobre las huellas de griegos, romanos, cristianos, bizantinos, venecianos y otomanos.