La historia de Berat se remonta a más de dos milenios. En la colina que hoy corona el castillo hubo un asentamiento fortificado ilirio ya en el primer milenio antes de nuestra era, aprovechando la posición estratégica sobre el río Osum, en el paso entre la costa adriática y las montañas del interior. En el siglo IV a.C., en el contexto de las guerras y alianzas de la región, la ciudad fue amurallada y recibió el nombre de Antipatrea, vinculado al mundo helenístico que dominaba entonces esta parte de los Balcanes.
A comienzos del siglo II a.C., Roma se expandía por los Balcanes a costa del reino de Macedonia y de los pueblos ilirios. Antipatrea fue tomada por las legiones romanas hacia el 200 a.C., en un episodio recordado por su dureza, y quedó integrada en el mundo romano. Durante los siglos siguientes, como el resto de la región, formó parte de las provincias romanas de los Balcanes y se benefició de las rutas comerciales que conectaban el Adriático con el interior.
Con la división del Imperio romano, Berat quedó del lado bizantino, en la frontera cambiante entre Oriente y Occidente. Su fortaleza fue reconstruida y reforzada en época bizantina, sobre todo a partir del siglo VI y luego en el XIII, dándole buena parte de la forma que aún conserva. La ciudad se convirtió en una plaza fuerte disputada, un bastión en las montañas cuyo control era clave para dominar el centro de la actual Albania.
Durante la Edad Media, Berat cambió de manos numerosas veces, reflejo de la inestabilidad de una región fronteriza entre grandes potencias. Fue bizantina durante largos períodos, pero también estuvo bajo dominio del Primer y el Segundo Imperio búlgaro, y más tarde de los serbios, que se expandieron por la zona en el siglo XIV. Su nombre eslavo, Belgrad ('ciudad blanca'), del que deriva el actual 'Berat', data de esa época y alude ya a las casas claras que la caracterizan.
En 1280-1281, Berat fue escenario de un asedio célebre: las tropas del rey angevino Carlos de Anjou, que dominaba el sur de Italia y aspiraba a extenderse por los Balcanes, sitiaron la fortaleza, en manos bizantinas. La resistencia de la plaza y la llegada de un ejército de socorro bizantino frustraron el intento angevino, en uno de los episodios militares más importantes de la historia medieval de la región. La ciudad siguió siendo una pieza codiciada en las guerras entre bizantinos, angevinos, serbios y señores locales.
En los siglos XIV y XV, en el marco de la fragmentación del poder tras el declive bizantino, Berat estuvo bajo el control de familias nobles albanesas, como los Muzaka. Fue un período de pequeños señoríos y alianzas cambiantes, típico de la Albania anterior a la conquista otomana. Pero, como en el resto de los Balcanes, el avance imparable del Imperio otomano acabaría por imponerse también sobre esta 'ciudad blanca' de las montañas.
A finales del siglo XV, Berat pasó de forma duradera al Imperio otomano, bajo cuyo dominio permanecería, como el resto de Albania, durante más de cuatro siglos. Fue precisamente durante el largo período otomano cuando la ciudad adquirió la forma que hoy la ha hecho famosa: los barrios de casas blancas escalonadas sobre la ladera —Mangalem, tradicionalmente musulmán, y Gorica, tradicionalmente cristiano—, con sus grandes ventanas de madera que le valieron el apodo de 'ciudad de las mil ventanas'.
Berat se convirtió en un importante centro administrativo, comercial y religioso de la Albania otomana. Se levantaron mezquitas notables, como la Mezquita del Rey (Xhamia Mbret) del siglo XV, con su complejo derviche halveti, y la Mezquita del Soltero, del XVIII, decorada con frescos. Al mismo tiempo, y esto es una de las singularidades de Berat, la ciudad siguió siendo un gran foco del cristianismo ortodoxo dentro del Imperio: dentro del castillo se conservaron y construyeron numerosas iglesias bizantinas y postbizantinas, y aquí floreció, en el siglo XVI, la escuela de iconografía de Onufri, el gran maestro del icono albanés.
Esa convivencia de mezquitas e iglesias, de barrios musulmanes y cristianos separados por el río pero unidos por el mismo estilo de casas blancas, hizo de Berat un símbolo de la coexistencia religiosa que caracteriza a buena parte de Albania. La ciudad prosperó como centro artesanal y comercial, con sus talleres, su bazar y sus casas señoriales otomanas, muchas de las cuales siguen en pie y habitadas.
En el siglo XIX y comienzos del XX, Berat participó en el despertar del nacionalismo albanés, la Rilindja o 'Renacimiento', que reivindicaba la lengua, la cultura y la independencia del pueblo albanés dentro de un Imperio otomano en decadencia. La ciudad tuvo un papel destacado en los acontecimientos que rodearon la independencia de Albania, proclamada en 1912, y en la definición del joven Estado. Durante las convulsiones de las primeras décadas del siglo XX, Berat fue escenario de asambleas y decisiones políticas importantes.
En la Segunda Guerra Mundial, Albania fue ocupada por la Italia fascista y luego por la Alemania nazi, y en sus montañas se organizó la resistencia partisana. Berat tuvo relevancia en ese proceso: en 1944, cuando la liberación del país estaba en marcha, se celebró en la ciudad un congreso del Frente de Liberación Nacional, dominado por los comunistas, que consolidó el poder de Enver Hoxha y su movimiento de cara al gobierno de la posguerra.
Durante las cuatro décadas del régimen comunista de Hoxha (1944-1991), Berat fue declarada 'ciudad museo' por su valor arquitectónico, lo que ayudó a preservar sus barrios históricos frente a la modernización que arrasó otros lugares. Al mismo tiempo, la ciudad vivió, como todo el país, la dureza del régimen: la campaña atea de 1967, que cerró y convirtió en depósitos o museos muchas mezquitas e iglesias, y el aislamiento y las privaciones de la Albania comunista. Esa condición de ciudad protegida, paradójicamente, contribuyó a que llegara casi intacta a nuestros días.
Tras la caída del comunismo en 1991, Berat se abrió al turismo y su excepcional patrimonio empezó a ser reconocido internacionalmente. En 2008, la Unesco inscribió el centro histórico de Berat, junto con el de Gjirokastra, en la lista del Patrimonio Mundial, como 'raros ejemplos de ciudad-museo otomana bien conservada', testimonio de la coexistencia de diversas comunidades religiosas y culturales a lo largo de los siglos. El reconocimiento consagró a Berat como una de las joyas arquitectónicas de los Balcanes.
Hoy, la ciudad vive en buena medida del turismo cultural. Los viajeros suben a pie o en auto al castillo todavía habitado, recorren sus iglesias bizantinas y el Museo Onufri, se pierden por los callejones de Mangalem y cruzan el puente otomano a Gorica en busca de las mejores vistas de las casas blancas. Alrededor, el valle del Osum ofrece bodegas de vino —Berat es una zona vinícola tradicional— y el espectacular cañón del río, que amplían la oferta más allá del casco histórico.
Berat conserva, pese a la llegada del turismo, su carácter de ciudad viva: en el castillo siguen habitando familias, en los barrios se mantiene la vida cotidiana y las casas de mil ventanas no son un decorado, sino hogares. Esa autenticidad, sumada al peso de más de dos mil años de historia —iliria, romana, bizantina, otomana— y a la belleza de su arquitectura, hacen de Berat una de las visitas imprescindibles de Albania.