Última actualización: octubre de 2026
Las Elafiti son trece islas del Adriático frente a Dubrovnik, y solo tres están habitadas: Koločep, la más cercana a Dubrovnik, después Lopud, y por último Šipan, la más grande. Aun así, Šipan es chiquita: diez minutos en auto de punta a punta, con dos pueblos, Šipanska Luka, donde vivíamos, y Suđurađ, del otro lado.
Para ir a Dubrovnik hay dos opciones. Jadrolinija, la naviera estatal, llega a Suđurađ y tenía los barcos más temprano. El catamarán de TP Line llega a Šipanska Luka, nuestro lado, en la línea que sigue a Mljet, Korčula y Lastovo. Y a veces íbamos en los catamaranes de la empresa, cuando alguno salía o llegaba con pasajeros. Una vez por semana íbamos a Dubrovnik a hacer las compras: las nuestras —la comida estaba incluida— y las del desayuno de los huéspedes.
Los catamaranes de la empresa bajaban desde el norte de Croacia, paraban en Mljet —una isla grande con parque nacional, famosa por sus dos lagos de agua salada y un monasterio benedictino en un islote—, donde los pasajeros hacían un recorrido en bici, y después llegaban a Šipan y dormían en las habitaciones de la empresa. Nosotros hacíamos los check-in, limpiábamos las habitaciones, reponíamos toallas, servíamos el desayuno buffet y hacíamos los cafés a pedido. Había tours de kayak y de bicicletas eléctricas por la isla; los hacían los guías, y nosotros manteníamos las bicis y llevábamos, sacábamos y limpiábamos los kayaks. Éramos seis y nos dividíamos de a dos, y como yo venía de gerenciar un hotel armaba los horarios y los francos, en contacto con la hija del dueño, que manejaba la oficina central en Zagreb.
En Croacia mucha gente trabaja todo el verano sin un solo día libre, y tenía una explicación. Hasta 2024 existía una medida pública, el stalni sezonac —«trabajador de temporada permanente»—: en los meses sin trabajo, el empleador te seguía pagando los aportes jubilatorios (el Estado le devolvía la mayor parte) y el servicio de empleo, el HZZ, te pagaba una ayuda del 60% de la base los primeros 90 días y del 30% después. Entonces la temporada se trabajaba a fondo. La medida se eliminó en 2025. El dueño quería esa lógica con nosotros, pero éramos trabajadores extranjeros de un programa: nadie nos iba a pagar el invierno en la Argentina.
Después de siete o diez días a su manera, empezamos a poner horarios y francos, de acuerdo con su hija. No le gustó. Encima, el alojamiento no era el acordado: durante semanas dormimos amontonados en habitaciones de huéspedes, en un departamento con un solo dormitorio para todos, y cuando las habitaciones se llenaban, otra vez en el catamarán, con una valija de 23 kilos que no entraba en el camarote. Terminó en una discusión a los gritos delante de los huéspedes.
La dueña de WE USA intentó hablar con su amiga y con él. No cambió nada. Entonces nos pidió que nos buscáramos otro trabajo y renunciáramos, e hizo algo que las agencias no hacen: nos devolvió el programa. Habíamos pagado unos mil dólares seis o siete meses antes, y nos devolvió en pesos lo que valían mil dólares ese día, para que no perdiéramos contra el dólar. Pagar un programa compra los trámites y la intermediación, no la garantía de pasarla bomba; no le correspondía. Pero era la primera vez, y era su nombre.
Hice lo mismo que había hecho para Brasil y para las prácticas de la facultad: armé un correo y mandé nuestros currículums a por lo menos cuarenta hoteles de Dubrovnik. Alguien iba a contestar.
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Los relatos van en orden: esto es lo que pasó alrededor de este.