Última actualización: octubre de 2026
En diciembre de 2019 llegué a trabajar a la nieve de Park City, Utah. Esta es la parte que nadie cuenta: de dónde salió la plata, porque yo no la tenía.
Mi amiga Paula, la primera que hice en la universidad, se fue de Work and Travel antes que nadie. Cuando volvió nos dijo a todo el grupo que teníamos que ir. A mí ni se me cruzó por la cabeza: no tenía la plata, punto.
Al año siguiente me crucé en Buenos Aires con Paula, Flor y una amiga más, las tres juntas, y me pareció rarísimo. Me inventaron cualquier cosa. Recién cuando volví a Posadas me enteré de que habían ido a hacer los trámites del viaje: se iban las tres. Ahí dije que el año siguiente iba yo.
Me contacté con la agencia mientras ellas todavía estaban allá, con muchísima anticipación. Me pasaron un plan de pago: unas diez cuotas mensuales y un pago final más grande, de unos cuatrocientos dólares, que recién se hacía cuando ya tenías la oferta de trabajo.
Yo trabajaba en un apart hotel de Posadas y ganaba diecisiete mil pesos por mes. Me alcanzaba para la cuota y prácticamente nada más. Y tenía una tarjeta de crédito que usaba mal: me juntaba con mis amigos y pagaba yo, compraba la comida, compraba la cerveza, y después no tenía con qué pagarla porque el sueldo ya estaba comprometido con la cuota del programa.
Así que estaba pagando el programa y nada más. No tenía el pasaje. No tenía plata para llevar. No tenía nada.
Apunté a Deer Valley Resort, en Park City, que es donde trabajaban las chicas. No fue solo por ir con ellas: ese trabajo incluía el alojamiento. Y acá conviene entender qué significa incluido, porque a mucha gente la confunde. No es gratis: te lo descuentan del cheque. Pero es una preocupación menos, y cuando estás llegando a un país sin plata, no tener que salir a buscar dónde vivir vale muchísimo.
Hice la entrevista y quedé como banquet server, mozo de eventos.
Después, con los años, aprendí algo que en ese momento no sabía y que doy por sentado que a vos tampoco te dijeron: que tengas el trabajo no garantiza que tengas horas. Si la temporada de invierno viene mala, el lugar puede no necesitarte. Y si tu puesto está en un restaurante en el medio de la montaña y no nieva lo suficiente para llegar hasta ahí, ese restaurante directamente no abre. Hay que ir con un colchón para las primeras dos semanas, como mínimo, contando con que empezás a trabajar enseguida.
Le insistí a mi amiga Selva que se viniera. Esa misma mañana llamó a sus papás para preguntarles si entre los dos podían ayudarla con el programa, y le dijeron que sí.
Cuando Selva confirmó, una amiga más del grupo dijo que volvía. Y cuando ella confirmó, Paula dijo que si iban todos, iba ella también. Terminamos yendo los cuatro: tercera vez de Paula, segunda de nuestra amiga, primera mía y de Selva.
Estábamos en junio o julio, faltaban meses para viajar y yo seguía sin poder terminar de pagar el programa. Y ahí me echaron del apart hotel. Sin causa y sin preaviso.
En la Argentina eso tiene consecuencias: cuando te despiden sin justificación y sin avisarte con tiempo, la empresa tiene que indemnizarte por el tiempo trabajado, más un extra por no tener causa y otro por no darte el preaviso. Fui al Ministerio de Trabajo, hice una mediación con el dueño del hotel y cobré alrededor de cien mil pesos. En ese momento era mucha plata.
Con eso terminé de pagar el programa entero y salí de deudas con la tarjeta. Suena raro decirlo así, pero es la verdad: si no me echaban, no viajaba.
A los pocos días de quedarme sin trabajo me llamaron de Puerto Valle, un hotel de lujo en los Esteros del Iberá, en Ituzaingó, Corrientes. Estuve una semana o dos sin trabajar y empecé el primero de octubre.
La pasé muy bien ahí. Buen ambiente, me pagaban bien, y vivíamos en el hotel: en los días libres cada uno viajaba a su pueblo, y yo tenía Posadas a una hora, así que me quedaba cerquísima. La gerenta vivía en Buenos Aires y viajaba cada dos semanas.
Cuando le conté que me iba, no le dije la verdad completa. No le conté que venía pagando un programa hacía casi un año para irme por mi cuenta: le dije que me había surgido una oferta laboral en Estados Unidos. En una cena con todos los empleados me felicitó delante de todos y me dijo que cuando quisiera volver iba a tener un lugar ahí. Todavía me acuerdo de eso.
Para ese entonces ya había dejado de cursar. Varias materias de tercer año las rendí libres porque le di más importancia al trabajo que a la facultad. No lo recomiendo ni me arrepiento: fue lo que pude hacer.
Con lo que cobré esos dos meses compré dólares. Para el pasaje le pedí la tarjeta de crédito prestada a mi tío Sergio, mi padrino, que después la dividió en tres pagos para que yo pudiera devolvérsela.
A mí buscar vuelos me gusta por deporte, así que busqué muchísimo. El más barato salía de San Pablo, con tres escalas: San Pablo, Lima, San Salvador y Nueva York. Lo compré pasado el 20 de noviembre, para salir de San Pablo el 5 de diciembre.
¿Y por qué Nueva York, si yo tenía que ir a Utah, a la otra punta del país? Porque en primer año de la carrera estudié aviones y me quedaron tres sueños: aterrizar en Madrid-Barajas, aterrizar en el JFK de Nueva York y conocer el aeropuerto de Singapur. Tenía la oportunidad de tachar uno y la usé. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Faltaba un detalle: llegar a San Pablo. Descubrí que Crucero del Norte tenía un servicio de Buenos Aires a Río de Janeiro que paraba en Posadas y en Foz de Iguazú. Me compré el tramo hasta San Pablo —son unos mil kilómetros— y salí el 4 de diciembre: veintitrés horas y media en coche cama, solo para llegar al avión. Y fue, dicho sea de paso, el tramo más cómodo de todo el viaje.
Me fui con cuatrocientos dólares en total, más unos pesos para los gastos hasta salir del país.
Llegué a San Pablo el 5 de diciembre, crucé la ciudad en dos trenes hasta el aeropuerto y esperé ocho o nueve horas en la sala de embarque. En el tramo de Lima a San Salvador me dieron ravioles con champiñones y me cayeron mal. En el aeropuerto de San Salvador tenía cuarenta minutos de conexión; me compré una Sprite y tomé agua a ver si se me pasaba. No se me pasó.
Despegamos hacia Nueva York y el dolor de estómago empezó de a poco hasta volverse insoportable. Llamé a la azafata. Preguntaron por el altavoz si había un médico a bordo y nadie levantó la mano. Volvieron a preguntar, esta vez por cualquier persona del área de salud. Nadie.
La azafata volvió y me dijo que se habían comunicado por radio con un médico del aeropuerto de Ezeiza. Yo estaba cruzando el Caribe y me estaba atendiendo, por radio, un médico que estaba en Buenos Aires. La indicación fue que tomara un litro y medio de agua y que ella se quedara parada al lado mío hasta que terminara la botella.
Me la tomé entera con la azafata ahí. Me desabroché el cinturón, corrí al baño y vomité todo. Y me sentí mejor enseguida. Un rato después empezó el descenso a Nueva York; eran como las ocho o nueve de la noche.
Aterricé en el JFK la noche del 6 de diciembre, como había soñado en primer año: con cuatrocientos dólares, sin haber dormido y acabando de vomitar arriba del avión. Había salido de Posadas dos días antes y pasado por cuatro países. Todavía me faltaba cruzar Estados Unidos entero hasta Utah.
Seguir leyendo: dos días en Nueva York con doscientos dólares →
Los relatos van en orden: esto es lo que pasó alrededor de este.