Última actualización: octubre de 2026
Tenía cuatrocientos dólares para empezar una vida en otro país. Decidí gastar la mitad en dos días en Nueva York. Esta es la historia de esa decisión, y de todo lo que aprendí con la valija rota.
Lo primero que pasó en Estados Unidos fue que Avianca me devolvió la valija destrozada: sin ruedas, abierta, horrible. Y acá va el consejo más útil de esta página, porque nadie te lo dice: el reclamo se hace antes de salir del área de equipajes. Una vez que cruzás la puerta, la aerolínea puede decir que se rompió afuera. Fui al mostrador de reclamos, llené la planilla y me abrieron un caso a mi nombre. Después me llegó un correo. La valija igual la tuve que cargar en brazos por toda Nueva York.
El vuelo estacionó lejos de la terminal y nos llevaron en un colectivo por la pista. Hacía un frío que yo no conocía: venía del verano sudamericano y era 6 de diciembre en Nueva York, con viento. Y ahí, desde la ventanilla del bus, vi por primera vez en mi vida un Airbus A380 de Emirates, y al lado uno de Qatar. Para la mayoría de la gente es un avión. Para mí era otra cosa.
A los diecinueve años, trabajando en el resort de Posadas, me enteré de que Emirates recorre el mundo con un equipo de reclutamiento buscando tripulación, en unos eventos que llaman Open Days. Ese año hubo tres en la Argentina: Mendoza, Buenos Aires y —no me pregunten por qué— Posadas. Fui. Los demás estaban de traje; yo fui con un jean y una camisa. Me preguntaron la edad. Diecinueve. Era para mayores de veintiuno, porque en Emiratos Árabes Unidos la mayoría de edad es a los veintiuno y no pueden contratar menores según su ley. Ahí terminó la conversación. Emirates sigue siendo la aerolínea con más A380 del mundo, 116 en total, y volar en uno sigue siendo un sueño mío. Ese día en la pista del JFK lo vi de cerca por primera vez.
No pagué alojamiento en Nueva York. Me recibió un desconocido a través de Couchsurfing, una plataforma donde gente de todo el mundo ofrece su sofá o una cama a viajeros sin cobrar, a cambio de intercambio cultural: vos le contás de tu país y él te muestra el suyo. Mi anfitrión era un estadounidense de padres mexicanos, así que hablaba algo de español, y vivía en Hell's Kitchen, en pleno Manhattan. Me esperó a dos o tres cuadras de su casa porque yo no tenía cómo avisarle que había llegado.
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Sin señal en el celular, busqué con el wifi del aeropuerto cómo llegar a Manhattan. Tren desde el JFK y después subte. Y ahí aprendí algo que ninguna guía dice: el transporte público de Nueva York no está pensado para alguien con una valija. Muchísimas estaciones no tienen escaleras mecánicas. Esa noche, además, un tramo del tren estaba cerrado por obras: había que bajar las escaleras, tomar un bus hasta la siguiente estación, subir las escaleras, tomar el tren de nuevo, bajar, subir, cambiar al subte, y volver a subir a la calle. Todo con una valija sin ruedas en brazos. Llegué tarde, roto, y contento.
Con doscientos dólares para dos días, pagué exactamente dos cosas: el ferry a la Estatua de la Libertad y la subida al One World Trade Center. Todo lo demás fue gratis: caminé Central Park, vi el Guggenheim por fuera —el original, el de Frank Lloyd Wright, es este; el de Bilbao vino cuarenta años después—, fui a ver el árbol del Rockefeller Center y el show de luces frente a Saks, recorrí las vidrieras de la Quinta Avenida, entré a la Trump Tower, me saqué fotos en Grand Central. Y me quedé afuera del Museo de Historia Natural para no pagar la entrada. Después me enteré de que tienen una modalidad de «pagá lo que quieras», pero es solo para residentes de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut con documento: como turista, habría pagado igual. Bien que no entré.
Grand Central merece una línea aparte. Yo le saqué una foto a un cartel que decía «vías 100 a 117» y me quedé pensando que eran 117 vías. No: son 67 vías y 44 andenes en dos niveles bajo tierra, y con eso es la estación de tren más grande del mundo por cantidad de andenes, según Guinness. La foto me la sacó alguien que pasaba, como todas las de ese viaje. La de la Estatua de la Libertad me la sacó una señora y salió torcida. Todavía la tengo.
Mi anfitrión trabajaba en un museo de tecnología en Hudson Yards, frente a The Vessel, la escultura de escaleras que se había inaugurado ese mismo año. Estaba cerrada. Me llevó igual a conocer la zona.
Subir al One World Trade Center me pegó por un motivo que no tiene que ver con la vista. En tercer año de la carrera, en la materia de hotelería, el proyecto final es diseñar un hotel desde cero: dónde, por qué, con qué inversión, con qué servicios. A mí siempre me gustó la arquitectura, y en mi grupo decidimos que nuestro hotel iba a tener certificación LEED, el sello internacional de construcción sustentable. Era un proyecto de estudiantes en Posadas. Y ahora estaba parado arriba del edificio más alto del hemisferio occidental con certificación LEED. Le saqué una foto a la placa: LEED Platinum, 2015. Después aprendí el detalle, que es de los que me gustan: esa placa es del observatorio, los tres pisos de arriba, certificado Platinum para interiores cuando abrió en mayo de 2015. El edificio entero tiene la suya, Gold, desde septiembre de 2016. Dos certificaciones distintas en el mismo lugar. No sé cómo explicar lo que se siente eso cuando venís de donde vengo yo.
Ese 7 de diciembre publiqué una foto en Times Square y escribí que el día anterior había sido el más importante de mi vida. No era una frase. Vengo de una familia humilde. No pobreza extrema, pero pobres: no tenemos plata, no tenemos bienes, no tenemos auto. Tenemos casa propia porque mi padrastro se rompió el lomo. Fui a primaria pública, a secundaria pública, y a la universidad pública porque la privada ni se me cruzó por la cabeza como opción. Y llegué a Times Square con la tarjeta prestada de mi tío y una valija sin ruedas.
Ayer había estado en la Argentina. En dos días pasé por Brasil, Perú, El Salvador y Estados Unidos. Y mi viaje recién empezaba.
El pasaje de Nueva York a Salt Lake City, con JetBlue y valija incluida, salió unos doscientos dólares. Lo pagué con la tarjeta de mi tío Sergio, otra vez. Y quiero que se entienda por qué eso importa: si no hubiera tenido esa tarjeta, ese vuelo se comía los doscientos dólares de la comida de mis primeras dos semanas en Park City. Habría llegado a trabajar a la nieve sin un dólar. La tarjeta no era un lujo: era la diferencia entre llegar y no llegar. Se la devolví en un solo pago los primeros días de enero, con mi primer sueldo.
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Los relatos van en orden: esto es lo que pasó alrededor de este.